19 marzo 2019
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Así son las cabañas de La Zarza de Pumareda

Testigos de historias y secretos a través del tiempo, dispuestas siempre a dar cobijo

18 ene 2017 / 17:03 H.

    En mi pueblo las llamamos cabañas, en Aldeadávila, casitas, y del otro lado del Duero, en Portugal, casonas. Se las conoce más comúnmente como "chozos de piedra". Piedra sobre piedra, sin argamasa, piedra sobre piedra, desnuda, ajustada como corsé que ciñe el cuerpo con amor, porque con amor las levantó y dio forma esa mano anónima, manos callosas de labrador, manos de pastor, mano que las acarició una a una para darle consistencia pétrea.

    Ahí están sobreviviendo al paso del tiempo, desafiando al crudo invierno de la meseta por estos lares de las Arribes del Duero y su entorno, ahora Parque Natural.

    Hoy están tristes y abandonadas a su suerte porque se fueron sus visitantes a buscar otra vida mejor y, sin embargo, cuánto cariño procuraron dando cobijo a amores confesados o inconfesables. Ellas guardan sus secretos: desde lágrimas de amores no correspondidos hasta alborozos para contentos inesperados, desde el fardo del contrabandista hasta sueños soñados en la soledad de una siesta o una noche pastoril.

    Siempre dispuesta a ofrecer cobijo. Que la escarcha congelaba hasta las piedras, ahí estaba la cabaña. Que la ventisca y el aguacero arreciaban, ahí estaba ella. Que abrasaba el sol del estío, ahí estaba la cabaña para que el labrador o el pastor comieran su merienda al fresco. Que el viajero pedía una tregua en su largo caminar, ahí estaba la cabaña para ofrecerle asilo. Con amor las levantaron y amor ofrecieron. Así son las cabañas de La Zarza de Pumareda, mi pueblo.