11 diciembre 2019
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A Rouco se le revuelven las tripas

28 jul 2013 / 20:20 H.

Da gusto ver y oír al Papa Francisco. En los poco más de cuatro meses que lleva en la silla de Pedro se ha ganado mi admiración y respeto y el de muchísima gente más. Y lo dice alguien y defraudado por la Iglesia Católica desde hace años ya que hasta ahora no había visto ningún gesto esperanzador que huyera del inmovilismo imperante.

El Papa que vino del "fin del mundo" lo ha conseguido y eso debe llenar de orgullo a los católicos, ya que ese es el camino para volver a acercarse a una sociedad que cada vez veía a la Iglesia más lejana. Sus discursos y visitas en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Río de Janeiro confirman que Francisco no se queda en las intenciones y va directamente a los hechos. Frases como "quiero lío en las diócesis", "no quiero cristianos de fachada" o "¡qué feo es un obispo triste!" dejan bien a las claras que al pontífice no le gusta lo que ve en la Iglesia actual y pretende darle un empujón para que sea más dinámica, cercana y didáctica. Pero como digo no se queda solo en las palabras. El Papa también ha visitado la mayor favela de Río, se ha reunido con jóvenes presos y ha entrado en las casas de algunas familias extremadamente pobres. "Quiero una Iglesia pobre y para los pobres", dijo al poco tiempo de comenzar su pontificado, y ese espíritu es el que se está plasmando en todos sus actos. Además, tiene la intención de iniciar los trámites para canonizar al salvadoreño Monseñor Romero, un hombre que debería ser ejemplo para toda la Iglesia y que Juan Pablo II y Benedicto XVI no tuvieron los arrestos para elevar a los altares, aunque sí lo hicieron con otros que de ninguna manera se lo merecían.

Los que dicen que la actitud de Francisco es "artificial" o "de cara a la galería" deben saber que Jorge Mario Bergoglio ya se comportaba de esa manera cuando era arzobispo de Buenos Aires. Pero los que tienen las tripas revueltas por el cambio radical que ha imprimido Francisco a la Iglesia no son los críticos anticatólicos, son los obispos acomodados y elitistas. A personajes execrables como Antonio María Rouco Varela y Braulio Rodríguez Plaza que jamás se han acercado a una prisión, un centro de inmigrantes o un barrio pobre y a otros tristes como el obispo de Salamanca, Carlos López, que no pisan la calle ni a tiros, se les tiene que haber atragantado la comida cuando veían a Francisco por televisión en Brasil. Esos miembros de la jerarquía -que por desgracia son la mayoría- son los que se han ganado a pulso que una parte de la sociedad les haya dado la espalda. Además, con su actitud chulesca e indigna de la palabra de Dios, han tapado la inmensa labor que realizan cientos de sacerdotes en barrios y pueblos que son los que realmente apoyan a los que lo están pasando peor por culpa de la crisis económica.

Todos sabemos que en el Vaticano las revoluciones son muy complicadas, pero el carácter que está imprimiendo Francisco puede ayudar a un cambio progresivo e imprescindible.