23 abril 2019
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El público

13 feb 2019 / 05:00 H.

Me asalta en este siglo XXI de imposición tecnológica cegadora el continuo ir y venir entre la firmeza del consumo privado de imágenes y la certeza de que romper la inercia cocooning que nos envuelve y salir afuera a ver es algo más profundo que un impulso ocasional y forzado. Pienso y participo activamente en la batalla que se libra a cada minuto entre clientes y espectadores; entre el ámbito doméstico y el público, entre el flujo torrencial de imágenes a la carta y la oportunidad de ver algo en asociación única, temporal, irrepetible, con un grupo humano terco y reincidente, receptor emocionado de propuestas culturales con sitio propio al amparo reparador de una butaca.
En esta pugna de fuerzas desiguales me consuelan las palabras del filósofo visionario Guy Debord que llevan muchos años sosteniendo mi trabajo: El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. Y al final del proceso, todo es público; formado por individuos que salen de casa a deshora, contra el frío y la lluvia mesetaria, a sentarse en una butaca y compartir. Personas con vinculaciones que se tejen en un instante con hilos sutiles e irrepetibles que se autodestruirán en unos 90 minutos, cuando caiga el telón, aparezcan los títulos de crédito o se levante la orquesta. Es el sitio al que nos llevan nuestros cuerpos para mejorar el estado del alma y€ simplemente nos dejamos llevar.
Dos o tres veces a la semana, sobre todo en invierno, asisto a un milagro aleatorio y frágil. Se abre una puerta de una sala de cine pública y comienza a atravesarla gente, personas, en las que vemos miradas conocidas y palabras amables, de pequeña comunidad cómplice y unificadora. Obligado espacio para compartir nuestras demandas de participación más allá de lo que vemos en la pantalla, y en la seguridad del espacio amigo, surge nuestra necesidad de intervención. ¿Qué podemos hacer para que nada de lo que tenemos nos falte y crezca más? Son las voces de una sala humildísima de cine a la que quienes llegan quieren arrimar el hombro y la mente, porque hay mucho que construir.
Me emociona esta idea del público cercano que me rodea de querer participar, de implicarse en las propuestas, donde el corazón común que late se ha vuelto cada vez más fuerte. Si vemos las estadísticas ministeriales para conocer qué hacemos con nuestro dinero o adónde vamos cuando salimos de casa en demanda de ocio/cultura el gasto medio total por persona en Castilla y León, en datos de 2016, ha sido de 303,05 euros, de los cuales 80,5 se han dedicado a comprar libros y publicaciones periódicas; 57,2 a servicios culturales; 31,7 a soportes, equipos y accesorios individuales y 134,1 a cuotas de televisión, tratamiento de la información e internet. Y 38,1 euros se destinan a entradas de espectáculos. Implacable combate: la butaca versus el sofá. Estamos atentos.