22 mayo 2019
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Política sin alma

04 may 2018 / 04:45 H.

Una, ingenua ella, creía o eso había leído, que no existía tarea más noble que la de luchar con el fin de conseguir el bien común para la ciudadanía. Una, amante de los clásicos, consideraba que el bien supremo se conseguiría cultivando la razón y que ésta se convertiría en el más preciado de los dones para llevar al ser humano por el camino de la verdad. Una, creía en la discusión y el diálogo como medio seguro de llegar a la certeza. Una, en definitiva, estaba convencida de que el ejercicio político era una de las tareas más nobles como medio de desterrar la injusticia y la infelicidad del mundo.
Esta ingenua eso pensaba tal vez como fruto de una adolescencia demasiado empapada en libros. La realidad le ha propinado un baño no sé muy bien si de realismo o de decepción o las dos cosas juntas. Porque resulta que el alma racional, superadora en teoría de todas las pulsiones indeseables de la humanidad, parece haber desaparecido de la escena política. Resulta que no son pocos los que acuden al quehacer político por ambición material o por satisfacer instintos de poder que pueden pulular en los entramados más infames de algunos/as.
No cabe duda que es legítimo y deseable que los convencidos de lo que es mejor para el pueblo luchen por conseguirlo. Si eso fuera así (ahora lo dudo) podríamos hablar hasta de un ideal político. La realidad, tozuda como siempre, nos habla de cuánta ambición, qué cantidad de trampas añadidas a un auténtico juego sucio, se esconde entre las bambalinas de los poderosos. El clásico "Poderoso caballero es don dinero..." de Quevedo o "El hombre es un lobo para el hombre..." de nuestros escritores clásicos no han dejado de encerrar una gran verdad.

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