23 abril 2019
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Las dos orillas

Caminando por las Arribes del Águeda y del Duero

01 feb 2019 / 09:55 H.

Salí de Ciudad Rodrigo una mañana parda y fría de invierno, mucha monotonía en el paisaje veía a través de los cristales. Viajaba hasta La Fregeneda. La carretera que te lleva hasta Lumbrales, te hace recordar la poesía machadiana. Amenazaba a lluvia, el gris cubría los cielos y el pardo los campos yermos a ambas orillas de la carretera, al fondo iba dejando atrás pueblos sumidos en la constante huida de sus vecinos, ni se sabe dónde. Desgraciadamente la mayoría sí que se sabe, la única furgoneta con la que me crucé, de una empresa, que se dedica entre otros trabajos a construir moradas eternas, me lo certificó. El frontón, ese monumento-tipo, erigido al empezar la democracia, destaca y rompe la monotonía de Castillejo de Martín Viejo, pueblo que siempre me sorprende con la ubicación de su cementerio, lejos de la vista de sus vecinos.
Mucha  monotonía viajera. San Felices de los Gallegos, es un pueblo con noble pasado, hasta su nombre indica  otra historia, en medio de una zona muy dada a alimentar tristezas. Pasado Lumbrales, el paisaje va cambiando, las encinas hacen acto de presencia, parecen el telón que poco a poco empezará a levantarse para disfrutar de la gran obra de teatro que espero disfrutar.
 
Para llegar hasta la Fregeneda desde Salamanca, hay que echarle ganas y estar muy motivados, y precisamente esto último le sobraba a mis 4 compañeros, a los que esperé dando una vuelta por el pueblo. A esas horas, sumido aún en la duermevela, apenas media docena de mujeres camino de la iglesia, donde para sorpresa mía había misa, un lunes por la mañana. Impresionante iglesia, impresionante aforo, para tan pocas feligresas. Es lo que toca.
 
Mucha energía traían Manolo, Javi, José Ángel y Paco, dispuestos  a recorrer caminos y senderos de esta comarca tan alejada y a la vez tan bella. Una vez hecho en el primer avituallamiento en un bar “poco futbolero”, empezamos la ruta en dirección a Barca d’Alva. Nada más salir del pueblo, percibí lo que sería  una de las motivaciones de aprendizaje de la larga caminata, larga en espacio, en tiempo y sobre todo en el contenido. Al llegar a la Cruz de Canto, justo en la bifurcación del camino, a dónde llegaríamos, ya casi con las velas encendidas, divisé a lo lejos la otra orilla, el otro país, al que tanto despreciamos a veces, y me di cuenta que en ese momento la monotonía había desaparecido. Pueblos blanqueados, quintas palaciegas, palomares circulares de tejados rojos en laderas labradas donde destacaban perfectamente alineados, almendros, olivos, viñedos, algún naranjal que otro. 
 
El camino picaba hacia abajo, una pendiente sostenida, a veces fuerte, que nos llevó en volandas hasta el ferrocarril abandonado. Esta sí que es una triste historia de nuestra orilla. Cuesta entender cómo la impresionante obra de ingeniería que supuso construir esta vía férrea construida a finales del siglo XIX haya sido abandonada al olvido, después de haber sido cerrada en 1984, ante la falta de rentabilidad. La otra orilla, la que marcan los mercados, que nunca se sabe quién son, se encarga de llevarse tantas cosas, y por estas latitudes, somos bastantes vulnerables a sus embestidas.
 
Iniciamos una nueva etapa, los raíles de hierro aún permanecen atornillados a traviesas ya bastante deterioradas, por lo que es fácil ver tornillos sueltos. Impresiona pensar la cantidad de tornillos que utilizaron para ensamblar piezas y piezas en puentes y vías, un perfecto puzle entramado, que a pesar de los años, aún sigue en pie, dando ahora un sensacional servicio a los caminantes que venimos a disfrutar de este espectacular paisaje, con un microclima mediterráneo. El río Águeda, mi río, traza una curva de ballesta, muy sonriente, engalanado de sombras y reflejos, por lo que aprovechamos para que Manolo hiciese una panorámica para enmarcar.
 
Desgraciadamente, no hay color entre las dos orillas, la nuestra llena de olivos dejados de la mano de Dios, matorrales que apenas consiguen sobrevivir, ni un palmo de tierra labrado. Uno siente tristeza al contemplar que los bancales ganados a la roca con dentelladas de azadones y picos, hayan sido olvidados definitivamente, y para más inri, enfrente lucen sus galas perfectamente cultivados. De vez en cuando un túnel te lleva también hasta la otra orilla del valle, que a medida que descendemos, también va cambiando, especialmente las yemas de los almendros, hasta que por fin nos topamos con las primeras flores blancas. Es el comienzo de un espectáculo maravilloso, cuando todos estos cerros y valles blanqueen a la vez, excelente forma de sustituir la nieve, que pocas veces alcanza estas bajas altitudes.
 
Bajas altitudes que permiten aparecer a las chumberas, esa planta con silueta teatral, que actúa, pero que pocos llegan a darle una palmadita. Túneles largos y cortos, algunos oscuros como la boca del lobo, me llevan a pensar en lo vivido estos días por Julen y sus rescatadores, mucho valor, mucha generosidad hay en esas personas que son de otra pasta.
 
Caminamos de orilla a orilla, conversando con los que al lado iban de lo divino y lo humano, cinco realidades profesionales y una afición compartida: el disfrute de la naturaleza y la obsesión por su conservación, pronto ese río común nos llevó a Barca d’Alva. Después de cruzar el último puente, nos recibe el estado de abandono de la estación y sus aledaños, causando tristeza y desolación, especialmente al recordar,  que en el cercano Pocinho la estación de esta misma vía es una joya. Estaciones sin pasajeros, qué tristeza de tierras de la Raya. Pronto encontramos un restaurante, donde pronto recuperamos fuerzas a base de bacalao, pulpo y carne, regado con super bock, terminando con un exquisito postre. Al volver a la ruta, el cielo comenzaba a clarearse, se estaba preparando para deslumbrarnos en la subida a Valicobo, que tantas expectativas había despertado en  mí. Subida por la margen izquierda del Duero, amenizada por constantes lecciones pajareras de mis queridos acompañantes, vistas de película girando 360º, el sol ganó su partida y ahora el cielo, la tierra y los ríos parecen aún más bellos. Divisamos Valicobo, no defrauda, especie de cortijo-palacio, situado en el vértice de un triángulo caprichoso con ganas de alcanzar el río, luce su blanco andaluz,  el añil portugués en los cercos de puertas y ventanas y el rojo en las tejas árabes; todo el conjunto iluminado por unos rayos de sol de enero con la máxima inclinación, para que destaque entre el bosque de olivos y almendros. Muy buena simbiosis de lo bueno de las dos orillas cercanas y de otras alejadas en el tiempo y espacio. 
 
Después de kilómetros recorridos, completamente deshumanizados, con la excepción de Barca d’Alva, nos encontramos con la primera persona, la única que habita el enorme caserón asentado en un entorno privilegiado. Nos recibe Ricardo Ruiz “El Temerario” con una enorme sonrisa, como si nos conociera de toda la vida. Un personaje de película en un entorno cinematográfico cien por cien. Un torero que disfrutó del éxito en la década de los sesenta, que dejó los trastos y los aplausos, transformándose en torero ermitaño, pues sigue vivendo el toreo como en sus años triunfales, a juzgar por la pasión taurina que le puso a la explicación magistral que nos fue dando mientras nos enseñaba su mansión, llena de recuerdos taurinos. Como aquella faena perfecta en la que le dieron las orejas, el rabo y las dos patas, su cara expresaba una emoción imposible de plasmar aquí.
 
¿Cómo se entiende que este cordobés, gran comunicador pueda vivir solo, alejado del mundo? Son las orillas del alma humana, a veces tan cercanas y tan desconocidas. Se nos hacía tarde para regresar a La Fregeneda, también aquí se me termina el espacio para no cansar al lector, dejamos con él pendientes muchas cosas, como el reloj que le regaló el rey Juan Carlos en Palma, la historia del Raboso, su cariño por su cabra favorita, o el baúl de la Piquer.
 
Regresamos por un camino que discurre rodeado de almendros, dándome una gran envidia el no poder disfrutarlos florecidos, sí disfrutamos de un rebaño de ovejas, de un atardecer lento, maravilloso, como lo es este paraíso natural, que cuesta entender que se haya quedado sin gente. En Valicobo llegaron a trabajar 300 obreros, sí tenía sentido que la iglesia tuviera tantos bancos. En la Cruz de Canto, nos alcanzó el manto negro de la noche, que nos venía persiguiendo por el este, cerrando un día cargado de emociones.
 
(Al día siguiente continuaron las emociones,  Conrado mucho se emocionó al trasladarle los recuerdos que me dio el Temerario, se ve que ascetas y ermitaños conectan fácilmente)