15 diciembre 2019
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Intelectuales a la carta

04 mar 2018 / 04:45 H.

Existe una famosa estatua de Auguste Rodin que se titula "El pensador". En ella aparece un hombre desnudo y sedente, con expresión distraída, que sostiene la cabeza con su brazo derecho "como si su cabeza le pesara mucho o tuviera un dolor de muelas. Podría decirse incluso que está en posición de hacer sus necesidades y hasta un poco estreñido", ha escrito a propósito de la estatua Rafael Núñez Florencio .
La palabra intelectual tuvo su origen en el movimiento liderado por Émile Zola y su "Yo acuso", que se opuso a la condena del capitán Dreyfus, a quien el Ejército francés envió a la cárcel por traidor sin razón alguna. El término intelectual se ha degradado mucho desde entonces, hasta caer en lo que Iñaki Domínguez ha llamado "moderneo", consistente en "hacer de nosotros mismos productos de consumo", en palabras de Domínguez. Estamos, pues, ante un proceso que está abocado a la frivolidad, en las antípodas de la seriedad que quiso retratar Rodin.
Sin salir de Francia y tras la II Guerra, el intelectual por antonomasia fue Sartre, con sus desastres políticos: apoyo al estalinismo y luego al maoísmo. Más tarde brilló en ese campo Louis Althusser, que fue el gurú del «marxismo estructuralista». Allí se agavillaron los alumnos normaliens de Althusser, que se dedicaron a aplaudir en revistas «teó¬ricas» las virtudes de aquel escarnio maoísta que se llamó «Revolución Cultural».

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