19 marzo 2019
  • Hola

El frío y la felicidad

14 ene 2019 / 04:45 H.

Hace un frío inaguantable". "A ver si suben las temperaturas porque me duele todo". "Nunca el termómetro había bajado tanto". Son frases que, quien más quien menos, ha escuchado estos días. Seguramente en esas estúpidas conversaciones de ascensor en las que tienes que intercambiar forzosamente unas palabras con el vecino. Da lo mismo que te importe un carajo su vida, pero hay que hablar para que el silencio no sea dañino. O mientras compras el pan y quieres hacer más llevaderos los segundos en los que el panadero rebusca el colón más cocido. ¡Qué absurdos somos a veces! Claro que hace frío. Estamos en una estación que se llama invierno y que tiene por costumbre dejar el mercurio tiritando. Y vivimos además en Salamanca, una provincia de extremos. Los mismos "tocapelotas" que se quejan del frío son los que en verano no aguantan que el termómetro supere los 30 grados. Si tan a disgusto están, que se marchen a Canarias si es que pueden. Yo sinceramente prefiero seguir paseando por mi Plaza Mayor, mi calle Compañía, mi Patio Chico y mi Rúa Mayor con abrigo y bufanda en invierno y con pantalón corto y camiseta en verano. El que no le guste, ya sabe dónde tiene la puerta.
Digo esto porque la memoria es frágil. Cuando las temperaturas bajan bruscamente pensamos que nunca hemos vivido nada igual. Por eso es bueno tirar de hemeroteca. Esta pasada semana rescatábamos en la edición digital de este periódico la historia de aquel febrero de 1954 donde se alcanzaron los 10,2 grados bajo cero en la capital. El frío fue tal que se heló el río Tormes. En lugar de quejarse y llorar, los salmantinos se lanzaron a sus aguas congeladas en masa. A patinar, montar en bici, disfrutar de la estampa e incluso jugar a las cartas. De aquellos días es la emblemática foto de Ángel Laso de cuatro amigos echando una partida de mus en mangas de camisa y con una botella de coñac sobre una mesa de madera colocada en el hielo. No había móviles para hacer selfis y ni para inmortalizar con miles de fotos aquel día histórico. Pero la gente lo disfrutó igual. Era feliz.
Especialmente es bueno recordar estas historias a los más jóvenes. Los que viven en una comodidad perpetua donde todo lo tienen a golpe de clic. Recuerdo aquellos largos inviernos de mi infancia en La Vellés donde el único punto de calor de la casa era el brasero del salón-comedor. Ir al baño, ubicado en el corral, era como una expedición a la Antártida. Y las noches se hacían más llevaderas gracias a una manta eléctrica naranja de marca Gaza y a la maravillosa bolsa de agua caliente. A pesar de todo, era feliz. No quiero decir con esto que tengamos que retroceder en el tiempo y perder todo aquello que hemos ganado. Pero no estaría de más hacer ver a las nuevas generaciones que no todo es tan fácil. Entre otras cosas porque hay países en los que el brasero y la manta eléctrica son un auténtico lujo.
El pasado viernes asistía en el centro municipal El Charro a una inspiradora conferencia de José Ramón Virumbrales "Raymon" dentro de las magníficas tertulias viajeras "Trotaviernes". Se trata de un auténtico nómada que dejó su exitoso trabajo de informático en el Banco de España para recorrer el mundo montado en una bicicleta. Tiene en marcha un proyecto de cooperación e intenta hacer ver en cada una de sus charlas que la felicidad no está en ese tipo de vida que la sociedad nos incita a vivir.
No hay nada mejor que viajar para aprender a valorar lo que tenemos. Para quejarnos menos y esforzarnos más. Para darle menos importancia a determinados reveses. Nuestro egocentrismo nos hace pensar que todo gira alrededor nuestro sin darnos cuenta de que hay más realidades. Sociedades ejemplares que en nada tienen que ver con los prejuicios que provocan determinadas noticias o tuits. La felicidad puede estar en las cosas más insignificantes. En uno de los países más felices del mundo, Costa Rica, recuerdo ver a los niños descalzarse en el recreo para jugar al fútbol y así no desgastar sus zapatillas.
Hace frío, claro que sí. Abriguémonos y salgamos a la calle.