22 marzo 2019
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Año de nieves...

La nieve y la llegada de la primavera hacen que una ruta por los alrededores de La Hastiala se convierta en el mejor plan del fin de semana

22 mar 2018 / 20:13 H.

    En mi infancia, se recurría mucho a los refranes, había para todas las tareas, días, meses,.. a veces acertaban, otras el tiro salía por la culata. Quizás hubiese en su utilización una forma de agarrarse a un clavo que ofreciese algo distinto de la dura realidad del día a día, ya de por sí bastante negativa. Nevaba de guindas a brevas, después a esperar a ver si se cumplía uno de los mejores refranes, “año de nieves, año de bienes”. Tal es su ambigüedad, que si se quiere, siempre se cumple el refrán, pues por muy cenizo que sea uno, siempre algo positivo acaecerá a lo largo del año.

    Últimamente, nos ha visitado la nieve, de forma importante sobre todo en la Sierra de Francia. A pesar de que otro refrán dice que por San Blas, la cigüeña… y este año el 2 de enero había en la espadaña de San Pedro una, suspenso total para el refrán.

    Aproveché que se adelantaba la primavera, para salir ayer al campo a esperarla. Aguanté hasta las cinco de la tarde, regresando sin sentir ni tan siquiera alguna de sus señales previas. Como recompensa, el día me llevó al encuentro de la montaña, el cielo y la nieve. Está siendo el mes de marzo un mes salvador, un mes al que le debemos recuperar la esperanza en el ciclo de la naturaleza, hecho añicos los últimos tiempos.

    Lleva varios días La Hastiala pintada de blanco, ejerciendo de faro visual, especialmente cuando le da el sol, llamando poderosamente la atención y atrayéndote hacia ella. Por ello ayer, pasada la última de las borrascas, decidí acercarme una vez más hacia la sierra de más altitud de nuestro entorno.

    Los arroyos y regatos llevan agua limpia, a destacar el Morasverdes, tanto tiempo seco, sequísimo. A medida que uno se va acercando a la sierra, ésta se  difumina con el cielo, como si la pintura no  hubiese sido capaz de perfilar el horizonte. De vez en cuando, el sol ejerciendo de aguarrás limpiaba a su paso todo lo que encontraba.

    Comencé a ascender hacia el alto del Copero, la pista seca y árida de otras veces, estaba recubierta de nieve, una alfombra deliciosa para los pies. Las cunetas bajaban agua cantarina, el viento silbaba entre los pinos, el sonido amortiguado de las pisadas con la nieve, un rebeco cruza el sendero y me dirige una mirada desde el fondo.

    Aquí la nieve tiene su hábitat natural, conserva un blanco espectacular, no se embarra, ni mancha al pisarla, se va fundiendo por abajo, saliendo las gotas que precipitan en busca de la corriente ladera abajo. Nada que ver cuando visita latitudes bajas, dura poco la alegría con que es recibida, todo lo complica. Qué distintas las nevadas de la infancia. Constituían una fiesta, la mayoría de las veces cuatro copos y al final agua, creo recordar que hasta rezaba para que cuajase, pero el dios tenía mucho trabajo para perderlo en semejantes tonterías.

    Si cuajaba, éramos por unas horas felices, se dice pronto, hasta la comíamos y nos parecía exquisita. Peleas, muñecos, especialmente grandes para que durase, durase,..y lo más sorprendente la luz que invadía todo, una luminosidad agresiva acompañada de un silencio sepulcral , un manto que tapaba todas las vergüenzas de la huerta, pero al poco tiempo al fundirse las aumentaría al dejar todo de nuevo a la intemperie mezclado con nieve embarrada, fea y sucia. Lo mismo ocurre en las ciudades, la nieve de calles y carreteras, no merece ese trato, da pena cómo queda, nada parecido a lo que estoy pisando y contemplando esta mañana.

    Mirando hacia el nordeste todo son nubes y cumbres blancas, la sierra de Béjar y Gredos cubiertas de blanco. A medida que la vista gira hacia el suroeste, va desapareciendo la nieve, tan sólo en la Canchera y el Jálama hay unos copos en las cumbres que semejan a las buitreras, al fondo la Sierra de la Estrella completamente blanca. En la penillanura, las nubes adoptan una posición de vela andaluza, para tapar el sol y que corra el viento del norte.
    Regresé lentamente girando en el sentido de las agujas del reloj, la carretera de curvas y recurvas se va entretejiendo entre pinos Valsain de la sierra El Guindo. Están talando ordenadamente estos montes, auténticas reservas forestales; qué diferencia de los fuegos intencionados que se llevan todo por delante. Una forma de homenajear a los bosques en su día.

    Al salir a campo abierto, cerca de Serradilla del Arroyo, el campo rebosaba agua, pero el marrón pardo del pasto seco aún dominaba en el horizonte. Mucha falta le hace a la tierra el calor para que reviente, será cuando llegue la primavera.