20 marzo 2019
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Adicto a la lealtad

18 sep 2018 / 04:45 H.

Cuando tenía 17 años, empecé a padecer una espantosa neuralgia de trigémino. Lo recuerdo bien porque aquel dolor era tan fuerte que no me extrañaba que se contara que en el s. XIX, cuando los analgésicos comunes no eran accesibles para el vulgo, los que lo sufrían se tiraban por la ventana. Aquella tarde yo había acompañado a mi hermana mayor a la presentación de un libro sobre el Viti, en Salamanca, cuando, de pronto, el dolor comenzó a treparme desde el oído al ojo y se me fue extendiendo por la mitad de la cabeza, atrapándome también el cuello. Comencé a llorar, en silencio, con unas gruesas lágrimas incontrolables y acabé en el hospital.Desde entonces hasta 17 años más tarde (curiosamente cuando conocí a mi marido), sufrí episodios habituales de estas neuralgias que me hacían querer estamparme contra la pared. Mi constante durante ese tiempo fueron todo tipo de analgésicos. Y entre ellos, los más frecuentes en mi día a día fueron los Hemicraneales y los Actrones. Sobre todo estos últimos, gracias a los cuáles pude soportar esa tortura china, de la que parecía que nunca me iba a deshacer y que, por sorpresa, un día, sin saber cómo ni por qué, desapareció. Por desgracia, dos de mis hijos heredaron mi mal –ellos más bien migraña que neuralgia, pero con los mismos síntomas- y por eso sigo llevando en mi bolso los Actrones, en previsión de que alguno olvide su analgésico en casa. Hace tres años, mientras escribía "A menos de cinco centímetros" y entrevistaba para mi personaje, el detective Roures a varios corresponsales de guerra, me percaté de que uno de ellos, Arturo Pérez-Reverte, también era adicto a la misma droga.

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