TEATRO

La opinión de José Antonio Sayagués: 'Y vinieron los cómicos'

13.05.2018 | 16:56

llegaron al Teatro Juan del Enzina de la Universidad de Salamanca los cómicos. Y no lo hicieron en el carro de Tespis, como cabría esperar, sino a lomos de jamelgos de niebla, pues son tiempos inciertos para el teatro: se lo come la televisión, el cine, las series, el IVA y la incomprensión de quienes siguen pensado que la cultura y la educación son un gasto y no una inversión para el país.

Anoche sus personajes salpicaron con elegancia, humor y coherencia toda "La cueva de Salamanca" en un juego dramatúrgico magistral que pergeñó la mano de Emilio Gutiérrez Caba. La exquisita dirección muestra una partitura que se desgrana hermosa, sencilla, coherente, fácil de entender. Aderezada por la envolvente música del maestro Luis Delgado, que asomó siempre en el momento justo de manera elocuente y precisa.

La escenografía es sobria, práctica, luminosa, evocadora. También, tenebrosa y abisal. El vestuario resulta cercano sin perder para nada los matices de la época; sugiere, no carga las tintas y ayuda a crear un todo que va más allá de la suma de las partes.

La iluminación, tanto la general como la específica, ayuda notablemente a crear la atmósfera de verosimilitud que precisa cada una de las escenas, desde las más frescas y divertidas, hasta las más oscuras y sombrías.

Los cómicos, disciplinados y magistrales, se mueven sobre una topografía escénica de cuidada estrategia y dirigida con mimo.
Eva Marcial es una actriz bellísima y camaleónica con los personajes, a los que dota de un verbo fácil, cargado de sutilizas que enamoran.
María Besant ha entendido muy bien a sus personajes. Transita por el escenario con soltura y gracejo, sentido de la verdad y tal confianza en sí misma que mantiene constante la atención del espectador.

Daniel Ortiz, seguro y con poder de convicción, lo envuelve todo con esa voz profunda preñada de armónicos que inunda el teatro.
Ver a Juan Carlos Castillejo y presentir que puede hundirse el escenario y con él todo el edificio ante la presenciad de su humanidad física, pero sobre todo espiritual y escénica, es todo uno. Está sobrio, contenido, versátil, humano y ¡actor!

Chema Pizarro desgrana pasión, fuerza; es locuaz, vivaracho, ágil, áspero, y delicado, afeminado sin caer en lo grotesco, contenido y generoso.

José Manuel Seda es potente y versátil. Se me antoja como ´El loco´ del tarot de Marsella; sabio, inconsciente y encierra en su esencia interior la verdad. Se mueve por sus personajes con pericia para resultar patán y elegante.

La declamación de los cómicos fluye, de principio a fin, sin altibajos, fresca y clara. Los actores resultan diáfanos y veraces a lo largo de toda la función bajo la insigne batuta de Emilio Gutiérrez Caba.

Anoche los héroes y heroínas no fueron el Capitán América, ni Batman, ni el Capitán Trueno. Fueron los cómicos, que viajan a tal velocidad que paralizan el tiempo y el espacio. Por eso el teatro nunca morirá.

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