29 junio 2022
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La salmantina y el madrileño que reinventan la ganadería de vacuno

Cristina Pérez y Jaime Jorba cumplieron su sueño de crear una granja de vacuno diferente, donde cada animal es tratado como si fuera único

23 dic 2021 / 12:27 H.
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Cristina Pérez y Jaime Jorba se encontraron y juntos decidieron emprender el sueño compartido de crear una explotación ganadera diferente, donde cada animal tuviera un trato único. Ella, salmantina, y él, madrileño, pusieron en marcha la finca Viturón, en Candeleda (Ávila), un proyecto de vida en común para dos entusiastas del campo con cuatro hijos y a la espera de un quinto, preocupados por el bienestar y la naturaleza. A la vez han enfocado la explotación hacia la venta de carne gourmet, con tienda online y pedidos de carne fresca recién cortada a domicilio. Cristina no le da excesiva importancia a compaginar familia numerosa con este modelo de explotación sostenible. “Te adaptas -cuenta-. Es cuestión de optimizar”.

La salmantina y el madrileño que reinventan la ganadería de vacuno

Su explotación sostenible se basa en un trato personalizado de los animales y así a cada una de las 200 reses de raza limusina la llaman por su nombre y existe un control estricto para cumplir los valores de los Jorba-Pérez: “familia, arraigo, pasado, herencia, naturaleza, libertad y amor”. No quieren un crecimiento excesivo de la explotación sino mantener la calidad en sus productos y esta vida, de ahí que también eligieran Candeleda y esa finca que vieron ideal por su climatología y la zona.

Con Viturón han logrado su sueño de tener una ganadería extensiva pero con el máximo cuidado del ganado. Por ejemplo, las vacas viven en el exterior pero están permanentemente controladas y cuando van a parir las llevan a una nave para el seguimiento con un detector del parto que les permite asistirlas, si es necesario. El vacuno mayor vive en box individual cuando las condiciones del exterior no son las adecuadas y lo llevan a más de 5 años, con pesos altos que en hembras pueden ser de 1.200-1.300 kilos y en machos superan los 1.600. “Tenemos un cuidado diferente, muy especial. Son al año cuatro animales hembras, cuatro machos, y son piezas únicas”, dice Cristina mientras acaricia feliz a uno de los bueyes.

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