Pueblos de Salamanca

Los Serenos, una profesión extinguida

En este artículo recordamos una profesión que ya no existe y a algunas de las personas que la ejercieron

16.01.2017 | 13:33
Una placa de piedra blanca recuerda a este sereno en la calle Doctor Gómez Ulla, en Madrid
Hace no mucho, uno de mis escritos  publicados, estaba dedicado al oficio de Limpiabotas, que como el de los serenos, prácticamente han desaparecido de las calles y ciudades de España.
 
En Zorita de la Frontera, el primer recuerdo que tengo de los Serenos, era por los años cuarenta, cuando siendo niño de poca edad, cogiéndome alguno de mis tíos, me asomaba a la puerta de la calle de la casa donde vivía, entonces veía a lo lejos y en la oscuridad de la noche a los serenos, personajes rodeados de cierto halo de misterio, al menos para mí.
Uno de ellos se llamaba Constantino, de constitución fuerte, enfundado en la pelliza para combatir el frio y encima el guardapolvos, la gorra y el palo o "chuzo" (no recuerdo si llevaba farol). Durante bastantes años, era un personaje que vigilaba las noche del pueblos y cantaba las horas y el tiempo que hacía "Las doce y sereno", "Las doce y nublado o lluvioso",  escuchándole en el silencio de la madrugada, los vecinos desde el descanso en la cama,  intuían como sería la meteorología del día siguiente.  
 
Pasados algunos años, cuando el señor Constantino fue haciéndose mayor, estuvo acompañado por otro más joven, que se llamaba "el Rebollo", era agricultor a sueldo , y  por la noche continuó siendo el sereno de Zorita, hasta la desaparición de este oficio hacia la década de los  años setenta.
 
 Durante más de treinta años fueron los vigilantes  de  las noches, tanto de las personas como de los bienes y servicios. Tenían buen carácter y estaban siempre dispuestos a ayudar a sus vecinos, en ocasiones a alguno o algunos que de madrugada y con una copa de más, después de una partida nocturna, tenían cierta dificultad para llegar a su domicilio. Otras veces  acompañaban a la persona que tenía necesidad de los servicios del médico, por agravamiento  de la enfermedad de algún familiar, durante la noche.
 
Pasados bastantes años, ejerciendo mi profesión, en los viajes a Madrid, recuerdo cómo en la década de los setenta, cuando llegaba de madrugada a la casa de los familiares que vivían en la calle Doctor Gómez Ulla en el barrio de Salamanca, siempre nos encontrábamos paseando por la calle, al que ha sido el último Sereno de España.
 
Se llama Manuel Amago y, como él decía, no se ha jubilado nunca, con más de 85 años, estuvo prestando atenciones a los vecinos del barrio, vestido con el guardapolvos, la gorra, el chuzo,  el silbato, como mecanismo sonoro para pedir ayuda en caso necesario a los demás compañeros de  los  barrios cercanos, y el manojo de llaves de los portales de los edificios del barrio. Y siempre con una sonrisa al recibirte con un "buenas noches señores" y un trato correcto y educado, recibiendo la propina, que era el jornal que cada noche ganaba.
 
Cuando se jubiló oficialmente, los vecinos del barrio le ofrecieron un homenaje  de agradecimiento por la ayuda prestada durante tantos años y el Ayuntamiento de Madrid le ha dedicado una placa conmemorativa que está colocada en un portal de una de las casas de la Calle Doctor Gómez Ulla.
 
La profesión de Sereno se reglamentó en el año 1840, debían vivir en el barrio donde trabajaban, no tener antecedentes penales, ser nombrados por la policía, tener entre 20 y 40 años y no tener otro trabajo que le impidiera estar descansado por la noche.
 
Surgieron por la necesidad de proteger a las personas de noche por las calles así como los bienes y propiedades, asegurando su tranquilidad. Este oficio fue en su época, uno de los más populares, y reconocidos por la sociedad. 
En su reglamentación se decía lo que debían hacer cuando, y cito textualmente, "advirtiesen que se halla abierta la puerta de alguna casa o ventana de alguna tienda o si recelasen que se estaba cometiendo algún robo o notasen incendio en algún edificio". También debían actuar  "si sintiesen algún, ladrido de perros o otros grito o ruidos extraordinarios que pudieran turbar el descanso de los vecinos. Asimismo, debían evitar" que se vertiera agua a las calles" y "bajo ningún pretexto podían entrar en casa alguna ni siquiera en la propia durante las horas de servicio, excepto en los casos de incendio, ni detenerse a conversar con gente distrayéndose de su encargo especial que es el de vigilar su demarcación".
 
Los serenos desaparecieron oficialmente de las calles de los pueblos y ciudades de España en la década de los setenta. Aunque en el año 1986 en Madrid hubo un intento de la creación de un cuerpo de vigilantes nocturnos de distrito que, por diversos motivos, duro más bien poco. Actualmente, en algunas ciudades como Gijón y Valencia existe un cuerpo de vigilantes nocturnos con misiones parecidas a las de los serenos de siempre. 

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