Pueblos de Salamanca

Recuerdos de La Calle Bodegones

La infancia de un vecino de Zorita de la Frontera en la capital salmantina

11.04.2016 | 13:53

La calle Bodegones debió de recibir el nombre, quizás en el siglo XV, como lugar de asiento de bodegones para el servicio de comidas y bebidas. Situada en el Cerro de San Cristóbal, junto a la Iglesia y la plaza del mismo nombre. Ubicada entre las calles del Grillo y Sancti Espíritus, tenía una solo fila de casas en la zona que corresponde a la plaza y la Iglesia.

Nuestra vivienda estaba en el tramo de la calle que hay entre la Plaza de San Cristóbal y la del Grillo, allí viví con mis padres y una hermana, cuatro años desde 1946 a 1950. Yo tenía cuando llegamos ocho años y nos fuimos cuando cumplí los doce, que ingrese en el antiguo Instituto Fray Luis para estudiar el Bachillerato, que duraba siete años.

Era una calle de casas viejas, la mayor parte de una sola planta, aunque no era impedimento en muchos casos para, vivir dos familias en cada una. Tenían pocas comodidades o mejor ninguna, pero aun recuerdo aquellos años como felices y formativos para el futuro de mi vida.

Nuestra casa de alquiler, de unos cincuenta metros cuadrados, la recuerdo a la perfección. A ella entrábamos por un estrecho pasillo hasta llegar a la zona habitable, que era un interior con las habitaciones alrededor de un patio de luces y una cocina. Ninguna daba al exterior de la calle, que correspondía a otra vivienda de otra familia, que era la del Sr. Jesús de oficio ferroviario y la Sra. Carmen; tenían dos hijos y en la vivienda tenían menos espacio que la nuestra, solo una habitación grande, que hacía de salón- comedor con una sala interior, que era el dormitorio de los padres, el hijo dormía en una habitación interior, junto al pasillo de entrada a nuestra casa, la niña debía hacerlo al lado de sus padres.

 
Calle Bodegones en los años cuarenta y actualmente

 
A la izquierda la Calle Bodegones, en la casa estaban los Ultramarinos del Sr. Pepe. La Plaza de San Cristóbal actualmente. 

En el piso superior vivía el dueño del edificio, el Sr. Pepe que estaba casado con la Sra. Petra y tenían nada menos que siete hijas, en edad de merecer, pero que esa hora no llegaba. La especulación le había obligado a hacer dos viviendas de una, con las mínimas o ninguna comodidad, pero él cobraba dos alquileres. Ahora le recuerdo con aspecto de usurero: gordo, no muy limpio, con cierta dificultad en la dicción, porque tenía la boca torcida y un ojo entreabierto, que yo entonces no sabía porque, creía que era así, ahora sé que era una parálisis del nervio facial de la cara que le daba este aspecto .

En el edificio de al lado, hacia la plaza, vivía un alférez de aviación que trabajaba en el aeródromo de Matacán, se llamaba Don Felipe, pero no recuerdo el nombre de la mujer. Tenían cuatro hijos: la mayor, Juanita, estudiaba magisterio; los dos siguientes eran Pepe y Jesús, con un año de diferencia entre ellos, que iban conmigo al colegio de San José, entonces estaba ubicado en la Iglesia de San Cristóbal; ingresamos juntos para hacer el Bachillerato en el Fray Luis de León y después también fuimos compañeros en Medicina. Grandes amigos desde la infancia hasta la finalización de la carrera. El más pequeño, que era Felipe y por el diminutivo le llamábamos Pin, por diferencia de edad con sus hermanos mayores y conmigo, pertenecía otro grupo de amigos.

Esta familia tenía un poder adquisitivo importante en aquellos años y todos sus hijos pudieron estudiar y finalizar sus carreras en la Universidad, pero esto no era lo común entre los habitantes de la calle; creo que en la mayor parte de las familias, después de la época de escolarización, los hijos mayores estaban trabajando y aportando a la economía familiar el complemento para que algunos de mis amigos de entonces, que eran los menores de las familias, pudieran estudiar.

En la acera de enfrente, y cercana a la plaza, se encontraba la tintorería del Sr. Pepe, que trabajaba el negocio con un hijo. Vestían un ropaje especial, sobresaliendo las botas de goma altas casi hasta las rodillas, y en ella entrabamos a comprar hojas de morera, para los gusanos de seda, que entonces era casi un deporte nacional entre los hijos de las familias. Por una perra gorda de las de entonces, que eran diez céntimos de pesetas, comprábamos suficiente número de hojas del árbol que había en la tintorería, para alimentar a los gusanos un par de semanas, y guardábamos estas hojas en un paño mojado en agua para su mejor conservación.

Pegada a la tintorería y al muro del colegio, había una casita pequeña encalada de blanco donde vivía un personaje peculiar; era mayor, vivía solo, vestía correctamente con cierta elegancia y cuando caminaba, en la expiración inflaba los pómulos soplando la salida del aire, por esto le llamábamos “el tío sopla sopla”. Decían en el barrio que era poeta o algo parecido, para nosotros era un personaje típico y diferente; recuerdo que cuando abría la puerta de su casa y la curiosidad de niños nos tentaba a mirar, había fotos, cuadros pintados y caricaturas de personajes.

Puedo seguir acordándome de otros vecinos, como el Sr. Majín, que era albañil durante el día y por la noche era acomodador en el desaparecido Cine Gran Vía. Estaba casado con Isabel y tenían tres hijos; con los chicos jugaba cada día y recuerdo especialmente al mayor, que se llamaba como su padre, y era uno de mis mejores amigos. Después del colegio, por la tarde, los niños de entonces siempre jugábamos en la calle y cuando llegaba la hora de la merienda, podíamos hacerlo en su casa o en la mía, dependiendo de donde estuviéramos.

Todos éramos como una familia y no solo compartíamos los estudios y los juegos sino también lo que teníamos para comer. Era más favorable el merendar en mi casa, siempre teníamos pan blanco (artículo de lujo en aquellos años, por su escasez) que junto con productos de la matanza del cerdo y huevos de las gallinas, traíamos de la casa de los abuelos del pueblo.

En la parte de arriba de la casa vivía otra familia, el Sr. Pepe, trabajaba en Casa Moneo, donde también lo hacia el mayor de los hijos. Siempre les veía cuando iban o volvían del trabajo, vestidos con el mono azul; la familia estaba también compuesta por la madre y otros cuatro hermanos más, todos mayores, y aunque no jugaba en la calle con ellos, sí les recuerdo y sabía cómo se llamaban, todos eran trabajadores.

 La fundición Moneo se dedicaba a la creación de estructuras metálicas que funcionó en Salamanca entre finales del siglo XIX y principios del XX. Aquellos talleres estaban situados enfrente de la antigua Facultad de Medicina y era lo primero que veíamos cuando salíamos por la puerta de la Facultad. Desaparecieron en el año 1977 y ahora son edificios de viviendas y en la esquina de Moneo se encuentra una clínica dental, quiero recordar.

Había una casa que además de vivienda era una carbonería, donde el Sr. Juan despachaba el cisco para calentarnos en el brasero y el carbón para la cocina donde se guisaban las comidas. Le recuerdo siempre con un mono negro como la pez y una cara donde solo era blanco las conjuntivas de los ojos y los dientes. Se pasaba el día despachando a los clientes y el ambiente donde trabajaba no podía ser más insano y apenas respirable, pero siempre estaba allí, sirviendo el cisco y el carbón que nos llevábamos en capachos.

 Pero aun lo que recuerdo como insoportable era cuando el camión que transportaba la carga, la descargaba en el almacén de la carbonería. Todo se llenaba de un polvillo negro irrespirable, solo el Sr. Juan era capaz de moverse en aquel ambiente, pero nunca le vi de mal humor, era alegre y tenía muy buen carácter, podía servirte a cualquier hora del día e incluso de la noche.

En la casa más baja de la calle, junto a la del Grillo, había otra familia humilde como todas. El padre, que tenía una defecto de columna llamado cifosis, vulgarmente jorobado, y por este defecto era bajito y de profesión sastre, cosía a todas las horas del día y recuerdo la luz de una habitación de la casa encendida por la noche, mi madre decía que trabajaba hasta altas horas. Hacía vestidos de señoras y con frecuencia las clientas, que creo recordar tenían un aspecto diferente a los que vivíamos en el barrio, iban “a probarse”. Tampoco el que lo tuvieran, por su vestimenta más elegante, nos importaba nada a los niños y jóvenes del barrio.

La madre se encargaba con las hijas, que eran cuatro, entre ellas dos mellizas de mi edad, del reparto de los vestidos, llevándolos a las viviendas de las clientas. Lo que sí recuerdo, era la colocación de los vestidos en el brazo y protegido por un paño, ya que entonces no había papel de celofán ni cajas de cartón para el transporte.

En el resto de las casas de la Calle de los Bodegones vivían mas familias, de las mismas características, con varios hijos en espacio reducido de la vivienda y con carencias económicas, haciendo filigranas para poder llegar a final de mes, que en muchas ocasiones era posible gracias al comercio de Ultramarinos del Sr. Jesús, que con su hijo Eloy despachaba lo que las familias necesitábamos para comer cada día, y en no pocas ocasiones la liquidación de lo que habíamos comprado se hacía como cada familia podía, pero siempre el Sr. Jesús y Eloy, despachaban los alimentos aunque los cobraran con cierto retraso.

Eran años difíciles donde cualquier producto básico estaba racionado, apareciendo el estraperlo y las famosas estraperlistas. Recuerdo la escena de algunas mujeres con bolsas de pan corriendo por la plaza de San Julián frente a las escalerillas, procurando no dejarse coger por los guardias municipales, que tenían la intención de requisarles la mercancía.En el año 1950 cambié de domicilio, nos trasladamos a los pabellones-vivienda del Cuartel de la Guardia Civil de Colón, iniciando ese mismo año el ingreso en el Instituto Fray Luis de León de Trilingüe y continuar con los siete años de Bachillerato.

Los amigos de la Calle Bodegones desaparecieron y no he tenido ninguna relación, ni conocimiento de donde puedan estar, solo con los dos hermanos que estudiaron medicina continué la relación, que también se perdió cuando acabamos la carrera en el año 1964, a los demás no los he vuelto a ver, ni sé que ha sido de ellos. Pero en algunos momentos cuando paseo por los lugares descritos, en las visitas a Salamanca, siempre me acuerdo de ellos y como era nuestra vida en aquellos difíciles años de la posguerra civil.

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