Pueblos de Salamanca

Así se divertían los niños en los años 50 (tercera parte)

En este último artículo recogemos algunos juegos que fueron de los más populares y perduraron durante décadas, aunque no han conseguido llegar hasta nuestros días

23.03.2016 | 13:27
Unos niños jugando a las canicas de la época.
Unos niños jugando a las canicas de la época.

Hace medio siglo era común que hubiera juegos en los que sólo podían participar niños y otros a los que solo jugaban las niñas. Algunos serían considerados hoy en día como demasiado agresivos, pero todos ellos tenían algo en común: se jugaba en la calle, en la plazuela, en definitiva, al aire libre y en compañía de otros niños y niñas.
 
En esta tercera y última parte de esta serie de relatos recordamos más juegos de aquella época. Los de esta publicación quizá sean los más conocidos de la serie, pero, a muchos nos ayudará a recordar los buenos momentos pasados en nuestra infancia.
 
Las canicas o bolas: Las más numerosas eran de barro, aunque también las había de cristal e incluso de hierro de los cojinetes de algún motor, estas dos últimas eran más caras y por ello escaseaban, solo algunos privilegiados con cierto poder adquisitivo de su familia las tenían. Los demás con las de barro estábamos las mar de contentos. Las llevábamos metidas en una bolsa con una cuerda que cerraba la boca que nos había hecho nuestra madre o hermana.
 
En el suelo se dibujaba un triángulo  o una figura  como un pez, donde se colocaban en su interior las canicas, el juego consistía en lanzar desde la misma posición tu canica para sacar al resto del triángulo; el que sacara mas bolas del interior ganaba y se quedaba con ellas.
 
Los carreristas: Los hacíamos con una chapa de las bebidas que tenían un corcho en su interior, que  debíamos extraer y en su lugar colocar la imagen del ciclista, con el que participábamos en la carrera,  tapada con un cristal que moldeábamos  para darle forma circular. El proceso de moldeado tenía  alguna dificultad, la materia prima eran porciones de cristales rotos que encontrábamos y primero había que elegir el trozo que reuniera las condiciones más favorables para conseguir hacerlo circular y del tamaño exacto de la chapa,  la máquina  de procesado eran los salientes de las cubiertas en forma de media caña de hierro que había como protección en todos los canalones de las casas del barrio.
 
En cuantas ocasiones cuando teníamos el cristal casi terminado, sin saber por qué, se rompía, y había que empezar de nuevo. Nuestro tesón y las ganas de tener el carrerista terminado, nos hacía imbatibles ante el desaliento. Para dar por terminado al carrerista había que colocar la masilla circundando el interior de la chapa, para sujetar el cristal y la foto de nuestro ciclista.
 
La carrera se realizaba en un circuito que dibujábamos en las aceras de las calles o en el suelo, donde además colocábamos montañas de tierra, que los ciclistas debían de superar, como en el Tour o la Vuelta Ciclista a España. Cada uno competíamos con un carrerista y el que antes llegaba a la meta ganaba, solo podíamos avanzar dentro del circuito, el que se salía debía volver al lugar anterior.
 
Las fotos que colocábamos en “los platillos” (así los llamábamos cuando estaban terminados de confeccionar) eran los favoritos de cada uno de nosotros, curiosamente los más numerosos, eran los campeones de la época: Los hermanos Delio, Emilio y Manuel Rodríguez y sobre todo el primero, competidor de Julián Berrendero, también estaban Langarica, Bernardo Ruiz, Trueba, etc, etc.
 
Los partidos de fútbol: Los once jugadores eran confeccionados con once chapas como las anteriores, con la diferencia que había que forrarlas con tela que se sujetaba  con el mismo corcho y la imagen del jugador se pegaba en el  dorso, el platillo se movía  por el campo por la parte cóncava, a diferencia de las carreras que era la parte convexa la deslizante.
 
Colocados los once jugadores en las líneas del campo: Portero, defensas, medios y delanteros, tenías ya enfrente al equipo rival; no quedaba para comenzar el partido más que el pitido del árbitro (algún  compañero o amigo del barrio) que  dejaba el balón en el terreno de juego, que era un garbanzo; desde luego no nos faltaba imaginación para jugar y divertirnos, a pesar de ser económicamente poco dotados, por no decir pobres.
 
Cada uno teníamos un equipo favorito, en mi caso era el Valencia, (curiosamente ciudad en la que vivo desde hace treinta y seis años y donde he ejercido y continuo, siendo cirujano) las caras de  los Pasieguito, Puchades, Eizaguirre, Epi, Mundo etc. etc. estaban pegadas en mis platillos de jugar, otros amigos tenían  jugadores del Madrid o  Barcelona: Los Muñoz, Molowny, Ramallet, César, los hermanos Gonzalvo, etc.
 
La peonza: Este artilugio normalmente era de madera de haya o carrasca, de forma cónica de unos seis centímetros de altura y cuatro de anchura, terminada en un extremo más fino donde está alojada el rejón metálico. La cuerda que la hace bailar solía tener un metro y veinte centímetros de longitud.
 
Cuando la peonza estaba bailando se la podía  coger del suelo y subirla por la cuerda o ponerla sobre la palma de la mano. También lanzarla y contabilizar el tiempo que estaba girando sin parar  o marcar un cuadrado o círculo en el suelo sin que se salga de él. Y finalmente tratar de lanzarla sobre otra tratando de romperla, este era un juego más violento y propio no de niños, sino de jóvenes de más  edad.

El juego más  frecuente y en el que participaban varios jugadores se llevaba a cabo después de haber realizado el sortea de actuación; el primero  lanzaba su peonza intentando que ésta “baile” dentro del círculo trazado en el suelo.  Si lo conseguía, los demás jugadores intentaban  sacarla fuera, lanzando sus peonzas contra ella. El ganador era aquel que conseguía echar fuera del círculo a todas las peonzas de los otros jugadores.
 
Otro parecido, donde se jugaba dinero, consistía en colocar monedas (la famosa perra gorda de entonces) dentro del circulo y los participantes debían de sacarlas con la punta de la peonza lanzada desde la mano. Cuanto más tiempo estuviera bailando la peonza más oportunidades tenias de recogerla del suelo y lanzarla para sacar las monedas del circulo, había verdaderos artistas con una habilidad envidiable para sacar las monedas en un tiempo récord.
 
El hierro o  el  clavo: También se jugaba al hierro o el clavo, se marcaba un espacio en el suelo que debía estar blando, para cavar el artilugio del juego, que solía ser una varilla de hierro afilada o un clavo que había que clavar en la tierra para conquistar el terreno del otro, haciendo rayas que reducían el espacio del contrario. Ganaba el que más terreno había conquistado.
 
Éramos capaces de jugar y divertirnos conquistando un pedazo de tierra del compañero, clavando un hierro afilado o un clavo en el suelo, explíquenselo ustedes a los niños de ahora, no se lo creen por muy persuasivos que seamos en la explicación.
 
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