Pueblos de Salamanca

¿Qué era el fielato?

Recuerdos de una época en la que los que llegábamos del pueblo nos encontrábamos con la parada obligatoria en la Estación Sanitaria de Abastos antes de entrar en Salamanca

24.01.2016 | 17:53
Llegada de un autobús a Salamanca.
Llegada de un autobús a Salamanca.

En las redes sociales he encontrado una referencia al puente Enrique Estevan de Salamanca, que  siempre fue el Puente Nuevo, para diferenciarle del Romano, que era el Viejo. En ese post, a la salida del puente hay una foto de un autocar de viajeros que venía de algún itinerario por los pueblos de la Provincia, vetusto y bastante deteriorado, como eran entonces, rodeado de personas que están esperando recibir las cestas  y las maletas que alguien está descargando del autobús, para a continuación pasar por el control del fielato
 
El Puente Nuevo, como se llamó en la época, se empezó a construir en 1902, por un discípulo de Gustavo Eiffel. Posteriormente recibirá el nombre de Puente de Enrique Estevan, ya que fue éste concejal quien propulso su creación al oponerse al ensanchamiento de la calzada que la Dirección de Carreteras quería llevar a cabo en el Puente Romano. Posteriormente se abrió al tráfico el 22 de octubre de 1913, fecha en que fue inaugurado. 
 
En los viajes a Salamanca desde Zorita en los años cuarenta y cincuenta, teníamos el tren de la línea  Ávila-Salamanca, que cogíamos en la estación del Villar de Gallimazo, donde llegábamos en el carro de las mulas o a lomos del burro. En los sesenta aparecieron los autobuses que desde Zorita llegaban a Salamanca por el Puente Nuevo, donde  a la entrada de la ciudad y a la derecha estaba el fielato, frente a la gasolinera de Manuel Lorenzo.
 
Esta gasolinera, fue construida  en el año 1934, con un  solo pórtico, sustentado por dos columnas laterales y el techo cuadrangular de tejas. Se aprecia la nomenclatura en el frontón superior, que decía; “Manuel Lorenzo. Estación de Abastecimientos”  y en el lateral “Gasolina, Gasoil  y Aceites. Delante  estaban los dos surtidores y uno en el interior, modelos de los años cincuenta.
 
La actual está realizada con piedra de sillería franca. Dispone de un gran pórtico con arco,  la parte superior figura el nombre del propietario, que ahora es “Manuel Lorenzo e Hijos, S.L.” y  tres  arcos más  pequeños donde están ubicados los surtidores actuales. Junto a la gasolinera de Nuño, que actualmente se llama Garmar, en la Avenida de Mirat se sitúa otra similares características, son las únicas y más antiguas que quedan dentro de la ciudad.    

 
 
El fielato era el nombre popular que recibían las casetas de cobro de las tasas municipales sobre el tráfico de mercancías, aunque su nombre oficial fuese el de Estación Sanitaria de Abastos, ya que además de su función recaudatoria ejercía un cierto control sanitario sobre los alimentos y mercancías que entraban o se vendían en las localidades.
 
El término fielato procede de fiel o balanza que antiguamente se usaba para pesar los productos y cobrar así las tasas correspondientes. Más de cien años estuvieron estos edificios aduaneros vigilando los trasiegos de mercancías por todos los pueblos y la mayor parte de las ciudades españolas.
 
Las entradas de Salamanca estaban vigiladas por los guardias del fielato, más temidos incluso que la Guardia Civil. Desde los años 50 del siglo XIX hasta los años 60 del siglo XX. Hoy son solo recuerdos de aquella España de la postguerra dominada por el estraperlo y la escasez de alimento.
 
El consumero o inspector del fielato era la persona que  cumplía la misión fiscalizadora para que ningún producto alimenticio de consumo se escapara sin pagar el correspondiente impuesto: Las gallinas, los pavos en Navidad, los conejos, los embutidos y los huevos de las gallinas, incluso el pan blanco que traíamos del  pueblo, siempre intentábamos agudizar el ingenio para ver cómo podíamos ocultarlos a los aduaneros, operación difícil, porque los inspectores se subían a los autocares y todo lo fiscalizaban y casi siempre encontraban el producto, la picaresca en la ciudad del lazarillo no era efectiva.
 
A pesar de lo que nos costaba pagar por la introducción de los alimentos y la antipatía que teníamos a los inspectores, que siempre nos obligaban a pagar lo que por ley correspondía, ahora y pasados muchos años, he sabido la  finalidad de lo que allí se recaudaba: se destinaba a asfaltar calles, arreglar jardines, construir alcantarillas y pagar los servicios públicos, como es el alumbrado de las calles por parte del Ayuntamiento.
 
En la sociedad de entonces, con cartillas de racionamiento para casi todo y una economía que podíamos llamar de subsistencia, en una España deprimida por el final de la Guerra Civil, necesitada de reconstrucción, con el trascurso de los años y en momento de comienzo de una cierta bonanza económica los fielatos fueron desapareciendo
 
Hoy son un eco lejano, desconocido para la gran mayoría. Aquellas casetas de consumos se fueron perdiendo con el devenir de los años. Existen diversas iniciativas para conservar los que aún existen, rehabilitándolas para fines turísticos o como lugar de parada de peregrinos en la ruta del Camino de Santiago. Aún así, la gran mayoría no existen, son un recuerdo de ruinas abandonadas a la vera de caminos y carreteras, a la salida de pueblos por los que ya no transitan autobuses de viajeros, ni carros con caballerías, solo pasa el tiempo por aquellos lugares.

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