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Pueblos de Salamanca

Demasiados puentes para tan poca agua

Apuntes veraniegos en Zamarra

16.09.2017 | 21:24
Demasiados puentes para tan poca agua

He subido hasta Zamarra varios días del verano, en julio  cuando el sol parecía dar una pequeña tregua en su verano abrasador. Había  pasado su buena factura en los fresnos sedientos del regato de El Manco, los matorrales resecos, las zarzamoras con sus frutos maduros antes de tiempo, los membrillos ya amarillentos, frutales desnudos de hojas con la fruta al aire, un nivel elevado de síntomas que huelen cada vez más a cambio climático. Debería darse un paseo por estas tierras el señor Trump  para rebatirle su estúpida idea de que no existe el cambio climático.

El embalse muestra su peor cara, sale embarrada el agua después de golpear la compuerta, pero al fin se ve agua por estos lares. Mucho ha cambiado el paisaje subiendo, a duras penas las escobas, jaras y brezos logran mantener sus hojas verdes, pero un verde apagado, sediento, mortecino, se impone el tono del estío. ¡Qué distinto del paisaje primaveral!

Antes de llegar al pueblo, cuando al fin la carretera te permite un respiro, diviso el huerto de Goyo, que también ha sufrido una transformación, esta vez muy positiva. Como pude comprobar, confirmándomelo un vecino, éste es uno de los afortunados huertos que aún producen hortalizas en Zamarra. Estos terrenos, siempre se cultivaban con el objetivo de proveer de fruta y hortalizas a las familias. Eso es lo que tiene el huerto, frutales donde la fruta ya ha hecho acto de presencia, patatas, el cultivo más numeroso, tomates, calabazas, puerros, calabacines€alrededor como una auténtica valla natural, el maíz, mucho más estético que la plaga de palets y somieres que se ha ido adueñando de los huertos.

Aguantan como pueden las plantas la falta de agua, el maíz enrosca las hojas para reducir su pérdida, a pesar de los transgénicos de Monsanto, se sigue comportando como siempre ante la sequía.

Parece otro pueblo, que el que me encontré en la primavera. Los huertos abandonados, cubiertos de pasto seco y zarzas le dan un toque de más abandono. Justo cuando más se iba borrando la imagen del pueblo en otras estaciones, apareció un vecino, cuya casa es un jardín vertical, que con su amabilidad como todos con los que he hablado,  regresé a la buena opinión que tengo del pueblo.

Efectivamente, algo debe tener para que con tan poco, la gente se muestre tan feliz y contenta de vivir en él, mostrando siempre una curiosidad positiva ante la llegada del forastero. Quizás, debían tomar nota los que se encargan de hacer estudios sobre la felicidad y se vinieran a dar una vuelta por aquí e ilustraran sus estudios con la opinión de esta gente.

En agosto, a pesar de que ya habían llegado algunas familias a pasar las vacaciones, el pueblo estaba sin gente. Tan sólo los de guardia: un señor con el carretillo para atender a sus ganados, una vecina barriendo con escoba ecológica la entrada, otro limpiando el coche€

Recorrí sus irregulares calles franqueadas con tapias de pizarra, con demasiados portillos, adueñados por las zarzas, que anormalmente ya tenían las moras maduras, demasiados almendros sedientos cargados de almendras, frutales con fruta desprovistos de hojas para ahorrar agua, demasiadas casas cerradas. En algunos huertos, segado el pasto, habían jugado a los recuerdos, formando con él niazos, estructuras en forma de cono que se hacían con el fin de que el heno no se mojase. Ahora ya ni haría falta, apenas llueve en verano, las tormentas no se forman, con lo bien que les vendría a los frutales un buen chaparrón.

Regresé de nuevo a Zamarra el martes pasado. A la entrada del pueblo me encontré con Ventura, juntos caminamos charlando de lo divino y de lo humano, de lo difícil que es compaginar ganadería y el medio ambiente, de lo poco que hacen los que mandan para que haya atractivos en estas tierras, el castro de Lerilla es un ejemplo, de la dureza de la vida en el campo hace años, pero la gente estaba alegre, cantaba segando, arando, ahora ya no se canta, le cuesta darte el saludo. A pesar de ello,  reconocía que  en Zamarra la gente está feliz.

Me acerqué a los  puentes de Lerilla, demasiados para tanta sequía, impresionaba la imagen del río sin agua. Es desolador ver seco el cauce de un río, estando bajo el reculaje de un pantano, aún mucho más. Nada que ver con la visita anterior, el paisaje dominado por la sensación de agonía de las plantas, increíble cómo sobreviven en un entorno tan extremo. El extenso perfil azulado de toda la sierra, ponía el toque bello en medio de tanta soledad.
A la vuelta, recorrí las calles del pueblo, ya los forasteros se habían ido, quedando las calles llenas de soledad, de resaca veraniega, de palabras sueltas pegadas a las tapias de los huertos.

Muchas parras con farolillos morados abrazando la entrada de las casas, detalles taurinos en las pequeñas ventanas con marco enjalbegado.
Dormían la siesta hasta los cerdos, el enorme silencio, era roto por el juego del viento con  las hojas.
Volveré en otoño con la esperanza de que las lluvias hayan cambiado muchas cosas, especialmente para Manolo y su compañero, que dejen de  arrear sus vacas por la carretera para que beban en la charca la escasa agua que aún queda.

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