Pueblos de Salamanca
RUTA

De Monsagro a la Hastiala, donde el terreno no es para cristianos

Una ruta por la zona con un enclave natural lleno de encanto

05.01.2018 | 19:56
De Monsagro a la Hastiala, donde el terreno no es para cristianos

Que el cambio climático ya está aquí, a pesar de las ocurrencias de Trump, es algo bastante palpable o sino que baje Dios y lo vea.  Nosotros lo comprobamos subiendo desde Monsagro al Copero. Una temperatura primaveral, nada que ver con la que le correspondería por el calendario, un  30 de diciembre lo normal es que haya nieve en las cumbres. Cuánta razón tiene el papa Francisco cuando afirma: "muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico y político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas del cambio climático".

Decidieron Alicia y Olga aparcar la teoría un tiempo para acompañarme, les propuse hacer una ruta con mucho contenido práctico. Llegamos al pueblo, nada más aparcar encontramos al vecino que siempre se necesita al llegar para iniciar la  ruta. Tuvimos suerte, era bastante parlanchín, además había trabajado en la construcción del camino que íbamos a coger. "Vais a unos terrenos que no son para cristianos, por su especial dureza y dificultad", nos dijo nuestro improvisado guía, que nos hizo un resumen.

Tiene su encanto iniciar un camino dejando atrás poco a poco el pueblo entre huertos cultivados. En pocos pueblos se tiene la oportunidad de contemplar esta escena. Nada más dejar la calle, el horizonte inmenso te abraza, acompañándote durante toda la ascensión. Las nubes perezosas, no consiguen levantarse de las cumbres más altas, por lo que la meta a la que debemos llegar, no es visible, tan solo la intuimos.

Son duras las primeras rampas hasta llegar al depósito de agua que abastece al pueblo. Buen agua disfrutan los monsagreños, a juzgar por la  de sus fuentes, delicia fresca en el verano, agua filtrada de neveros anclados en pedregales por donde se  va colando hasta formar pequeños riachuelos subterráneos.

Los brezos, cantuesos, carquesas, lentiscos, jaras, escobas,..matorrales propios de la montaña, están a punto de zamparse el camino. Está claro que caminantes hay pocos por estas latitudes, una pena que no se disfrute más esta ascensión, mucho más espectacular que la que se realiza desde el Pinarejo por pistas con menos atractivo, aunque sean bastante más cómodas.

Un cementerio de castaños testigos de un incendio, me lleva a reflexionar una vez más acerca de la sinrazón de los que prenden fuego al monte, llevándose por delante tanta riqueza paisajística, tanta belleza, tantos años de trabajo. Dos enormes castaños centenarios cruzados en el camino, delimitan el territorio hasta donde hay presencia humana, a partir de ahí la inmensidad de la ladera por la que el camino va ascendiendo lentamente, pertenece a jabalíes, cabras, buitres, cuervos y otras alimañas. Es una delicia observar cómo planean los buitres muy cerca de nosotros,  auténticos  drones naturales, que  nos acompañan durante bastante tiempo.

Monsagro a nuestras espaldas es el mejor programa para medir la distancia recorrida, de vez en cuando, echar la vista atrás y ver el pueblo en la lejanía, iluminado por un sol de invierno con guiños constantes, con toda la sierra de Gata por telón de fondo, es una imagen digna de postal.  

A media ladera, los canchales van adquiriendo protagonismo. Buena labor realizada en su momento para ordenar y retirar piedras para que el camino siga su curso. Colonizadas las cuarcitas por ejércitos de líquenes, han conseguido pintarlas de un verde claro que contrasta con la vegetación. Poco a poco, vamos perdiendo por el camino encinas, carrascas, escobas, pero ganamos en amplitud de miras. Impresiona al girar 180º la cadena de sierras y picos que se encadenan unas con otras hasta las Torres de Hernán Centeno en Eljas.

La torre de vigilancia, nos anuncia que estamos en el Copero, puerta de entrada al territorio de la Hastiala, desde allí mirando el valle del Agadón, con Monsagro al fondo, se confirma el excepcional enclave natural del pueblo.
Al sol le cuesta dejar las cumbres al descubierto, parece que ese día las nubes tenían una especie de pegamento o quizás las sierras quisieran exprimirlas para provocar las deseadas lluvias. Impresiona estar delante del gran circo glaciar mirando hacia la Hastiala, máxima elevación de la Sierra de Francia, tiene un porte de montaña de más altitud. Gran comedor para saborear unos bocatas, reflexionando acerca del gran trabajo erosivo al que han sido sometidas las rocas, alguna ayuda recibirá de los rayos para romper rocas, como nos dijo el vecino.

Entre bocado y bocado, avistamos un pequeño rebaño de cabras, siempre es muy es agradable ver estos animales en libertad, haciendo piruetas como que no quiere la cosa. El reloj que no llevaba, me anunció que alcanzar la cima de la montaña llevaba un tiempo que no disponía, por lo que cogimos las mochilas, deshaciendo el camino andado, cambiando de visión panorámica. El cielo azul, al fin, nos inundó de luz la bajada. Tan sólo paramos a colocar y reconstruir algún que otro hito, por lo que, sin darnos cuenta estábamos en la iglesia.

Recorrimos la ruta urbana de las cruzianas, arte natural a base de las huellas de reptación de los trilobites marinos hace más 500 millones años. Está claro que la belleza natural, lleva su tiempo conseguirla. Paseando por la calles del pueblo, se percibe que el tiempo se ha quedado aquí anclado, las prisas y agobios no pegan por estos lares. La pena es que la realidad del día a día es muy distinta. No es lo mismo ir de visita, que vivir de continuo, para ello hay que ser de otra pasta, como lo son el maravilloso paisaje que atesoran.
Bonita clase en contacto con la naturaleza.
                                                                                   

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