Pueblos de Salamanca

De bolla a bolla, subo y bajo cuando me toca

03.08.2017 | 21:49
De bolla a bolla, subo y bajo cuando me toca

Desde la muralla, estas dos elevaciones de la sierra de Gata están solapadas, se ven dos en una, muy bien encajada una en la otra, por lo que desde la distancia, la Bolla Chica parece continuar en su elevación con la Grande. Al coronar el risco de Martiago, se empiezan a divisar separadas, con sus cumbres achatadas, dando espacio a la imaginación del viajero, para una explicación del porqué de esa situación.

¿Se llevó la erosión por delante su tronco de cono, como se lleva el viento el gorro de un arlequín? ¿Cayó sobre ellas un meteorito aplastando su cumbre? Sea como fuere, es cierto que su nombre está muy bien puesto, son dos cumbres completamente abolladas, que las hacen menos estilizadas y atractivas que otras cumbres cercanas de la sierra.
Pero, a pesar de ello, ¿tienen altura? ¡Vaya que si la tienen! Hay que subir la grande para ver que sus 1523 m de altitud están ahí, tenga como tenga su cumbre.

Llevaba un tiempo alejado de estas cumbres, la llegada de Alicia supuso un buen pretexto para que conociera esta parte de Gata. Siempre que veo una montaña, me intriga lo que se verá una vez alcanzada la cima, mis cimas de pequeño eran las copas de los árboles a los que trepaba mientras cuidaba el ganado en la ribera del regato de Bodón.
Preparamos unos bocatas, exquisito manjar gastronómico para estos menesteres y con la mochila a cuestas, comenzamos la ruta desde el Puerto Viejo de Martiago. Como no podía ser de otra manera, pronto percibimos la  sequía y por otra parte las huellas erosivas de grandes tormentas que han arrastrado cantidad de materiales, dejando las pistas llenas de regueros sin agua. Extremos climáticos que cada vez se alejan más, especialmente en la meseta castellana. Difícil adaptación de animales y plantas que viven en estas alturas arrasadas hace años por los incendios.
Sobrecoge cómo resisten los pequeños pinos plantados en bancales que están mejorando estéticamente las laderas, lo mismo le debe pasar a los pocos animales que viven por aquí, dos jabalíes atravesaron la pista de la Bolla, buscando la humedad artificial de la piscina para recarga de los helicópteros.

Bordeando la ladera de la Bolla Chica, uno comienza subidas y bajadas entre las dos cimas hasta alcanzar el puerto de Las Erías, el enorme valle del Arrago se pierde en la lejanía hasta Descargamaría con el castillo de Almenara en Gata como referencia. A medida que nos acercamos a su base, la Bolla se muestra más imponente, sólo tenemos la opción de coronar su cima a través de una gran cicatriz que le han asestado en su cara norte. Los cortafuegos y pistas serán muy necesarios para la defensa de estos paisajes y su explotación con un turismo que llaman activo y no sale del 4x4, pero sus laderas y cumbres  están muy heridos por ellos, hasta la escobilla se habían llevado por delante.

Muy duras son las primeras rampas, en pocos metros se gana bastante altitud que se transforma en el horizonte que se amplía, tras un pequeño respiro, los últimos metros tienen un desnivel que impresiona. Compensa llegar a la cima, las vistas, como siempre espectaculares. Un mar de nubes sobrevuela nuestras cabezas, en la inmensidad del paisaje, con un silencio sobrecogedor, sentados en el punto geodésico, el cielo si existe, aquí está un poco más cerca.

Este mirador excepcional tiene muchas ventajas, está en el centro de Gata, por lo que permite divisar gran parte de los valles hurdanos al sur, al este y oeste la espina dorsal de la sierra, al norte la penillanura amarillenta con manchas verdes, especialmente la del Rebollar. El viento sopla en estas cumbres con fuerza, fácil comprobación al ver los escasos pinos que sobrevivieron a los incendios con sus troncos retorcidos.

Bajamos con dificultad y precaución el tobogán, ascendiendo por la ladera de la otra hermana, 100 m más baja, que en la montaña se nota cantidad. Desde la cima se domina el amplio valle del Esperabán, con sus laderas acribilladas de cortafuegos, aumentando la sensación de sequía. Subido en la cumbre, teniendo en cuenta que es la época de recogida del cereal, imposible no pensar en las enormes calamidades que pasarían los hurdanos por estos caminos para alcanzar la meseta, donde a pesar de la dureza de las labores que realizaban, al menos llevaban algo al estómago.

Hoy apenas quedan campos para segar cereal al norte de las Bollas, los pastizales amarillentos han sustituido a los rastrojos, las vacas poco a poco se han ido adueñando de las besanas.

Cargamos bien la cámara visual con imágenes que no tenemos todos los días al alcance de la mano, enfilando el enorme cortafuego de bajada, ¡tela marinera de largo! Bajamos, subimos  de nuevo, en la bajada última, tuvimos al sol por guía, que iniciaba ya los preparativos para irse a acostar por tierras de Guarda.

Subir y bajar, ¡qué bien se conjugan estos verbos por la montaña!, aquí se sienten especialmente.
 

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