Pueblos de Salamanca

De la Bolla a Esperabán: sobrevolando Las Hurdes

Desde la provincia salmantina nos adentramos en la extremeña para disfrutar de las bonitas vistas que nos ofrecen las cumbres montañosas

01.10.2016 | 17:52
De la Bolla a Esperabán: sobrevolando Las Hurdes

Contemplar desde la lejanía la línea que dibuja en el horizonte la sierra desde la muralla de Ciudad Rodrigo es un placer que  podré disfrutar eternamente, siempre como la primera vez. Si ahora mi imaginación me lleva hasta la cima, el placer se acrecienta, recordando largas caminatas hasta alcanzarla, casi siempre con gratas compañías.
 
Mental y visualmente puedo recorrer la distancia  desde Navasfrías hasta La Hastiala, pero siempre me saltaba la alarma al divisar aquellos trechos que aún me faltaban por explorar.  Uno de ellos era la cuerda que une la Bolla y Esperabán, línea fina, serpenteante en la lejanía que en las distancias cortas se transforma en autopista forestal, dejando una cicatriz enorme en toda la cuerda.
 
La semana pasada decidí que había llegado el momento de explorar una nueva ruta, recorrer el camino en coche solo no es la mejor motivación, pero la imaginación hace el resto, al poner delante de ti imágenes familiares hasta que poco a poco la sierra consigue engullirte. Paré al salir de Pastores para disfrutar de toda la sierra, para cargar en mi disco duro el recorrido a realizar, desde ahí qué lejos y qué cerca, que largo y qué corto el camino, todo es tan relativo, según el cristal con que se mire.
 
El risco de Martiago ofrecía una imagen distinta, original, demasiado verde para un entorno de pizarra y sequía. La brutal bajada del nivel del agua del pantano había despertado las ansias colonizadoras de las plantas muchos años, condenadas a ahogarse, convirtiendo las laderas del valle en un precioso jardín vertical.
 
Llegué al particular aparcamiento del puerto Viejo de Martiago, sin problemas de ticket de estacionamiento, enfilé la pista interminable que bordea todo el bosque de pinos de la ladera oeste de la sierra de Gata llegando hasta Vegas de Domingo Rey. El color negro o azul, dependiendo de la hora, que se percibe desde la muralla, resulta que es una mancha enorme de pinos, que afortunadamente ha sorteado no pocos incendios.
 
Los cortafuegos son trampolines que te permiten subir y bajar a las cumbres rápidamente, eso sí siempre que le eches valor y una buena dosis de esfuerzo. Así lo hice, y en poco tiempo conseguí elevar mi altitud de forma significativa. Estaba en la cima de la Bolla Chica, bello mirador desde el que se domina un horizonte grandioso de valles entrecruzados, sierras paralelas y perpendiculares, lejanas sierras ya familiares, horizontes pelados y amarillentos salpicados por pueblos en la lejanía.
Había programado llegar hasta Esperabán por la cuerda, desde ese punto, la distancia no parecía excesiva, pero la sierra siempre suele esconder sorpresas, a veces sus encantos, y así fue como al bajar las durísimas rampas orientales de la Bolla, me di cuenta que la distancia a recorrer era por lo menos digna de tener en cuenta.
 
El excelente camino, y las maravillosas vistas a izquierda y derecha, redujeron mentalmente la distancia, las laderas del sur verdes, con bancales plantados de olivos y otras especies autóctonas, en la lejanía Borbollón, Gabriel y Galán rompiendo el entramado caprichoso de crestas y valles hurdanos. Al norte, de cerca los pinares, al fondo la llanura enorme poniéndole límites Ciudad Rodrigo, visible como nunca, pues la tarde era de una luminosidad desbordante.
 
Subiendo y bajando toboganes, con los buitres sobrevolando el cielo y algún que otro pino huérfano a consecuencia de los incendios, como únicos acompañantes, no tardé demasiado en enfilar la rampa de Esperabán, cotorro que da nombre al puerto que comunica Castilla y León con Extremadura. A pesar de que no compite en altitud con otras cumbres de la sierra, es uno de los miradores más impresionantes de ella, divisando cumbres y valles, ríos sin agua, pueblos apenas sin gente, agua embalsada para quitar la sed a una naturaleza sedienta. Cargué mi mochila de tantas sensaciones que, cual energía bionatural, me llevó sin darme cuenta hacia el comienzo de la ruta.
 
Desandar el camino, después de muchos kilómetros en las piernas, a veces se hace duro, no fue el caso, caminar hacia el sol esa tarde era volver a repasar disfrutando de un paisaje especial, La Aldehuela, Las Erías, El Bosque, pueblos hurdanos se iban quedando sin  sol en el fondo del valle, anunciando que pronto la luz tendrá que pelear con la oscuridad, afortunadamente la luz eléctrica ha humanizado la poca vida de estos contornos.
 
Caminar hacia el oeste por la tarde es placentero, la luz del sol a medida que va bajando te golpea de plano en la cara, iluminando tu camino de reflejos, luces y sombras. Al mirar la vista atrás sólo las cumbres altas están iluminadas, en el este comienza el precoz atardecer.
 
Precoz también se avecina este otoño, el feroz cierre del grifo de la lluvia este verano traerá consecuencias en las plantas, muchas de las cuales, tendrán irremediablemente que saltarse la estación. Ya lo habían hecho muchos helechos que habían pasado del verde al marrón directamente, privándonos de una de las imágenes más bonitas del otoño en la sierra, también los robles estaban alarmantemente despojándose de sus hojas para ahorrar al máximo la poca humedad que hay por las alturas.
 
Cuando se tensó la cuerda, decidí bajar por un cortafuego entre los pinares, continuando por la pista forestal de curvas interminables, el sol iluminaba la ladera de la Bolla, apareciendo un verde esplendoroso, el cielo azul intenso al que pretendían conquistar nubes que el viento disolvía, pusieron el broche final a un viaje sobrevolando ese paisaje maravilloso que son Las Hurdes.
 
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