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Pueblos de Salamanca

José Gonzalez, toda una vida sacrificada con el trabajo

Un repaso a la vida personal y profesional de este ledesmino a través de los recuerdos de su hermano

02.09.2016 | 12:28
José Gonzalez, toda una vida sacrificada con el trabajo
José Gonzalez, toda una vida sacrificada con el trabajo

José González Martín, hijo de Jesús “Padrito” y Juana “la Porrones”, es el mayor de cinco hermanos a los que le seguirían Magdalena, Susi, Poldo y Ramón -este último es el que os habla-. En esta casa de una humilde familia y siete bocas que alimentar, no quedaba otro remedio que aún y apurando la edad, yo diría que con siete años el mayor de esta familia ya estaba de pastor en  alguna finca no muy distante de Ledesma, pues así  le decía el señor Jesús al amo de la finca: “Aquí tengo un muchacho, y con tal de que le des de comer, llévatelo a la finca y lo empleas donde te parezca”.
 
Luego iríamos todos los hermanos tomando el mismo rumbo que el mayor, pues ya de bien chiquititos, unos íbamos a la escuela, pero después de salir, todos teníamos que acudir a distintos trabajos que ya nos había asignado el padre de familia, también buen trabajador, al igual que la señora Juana, que se apuntaba a todo lo que salía como por ejemplo ir a segar; cuando se asfaltaba alguna carretera, allí estaba como en cualquier trabajo que salía, pero por el año 1945 y en la post guerra no estaba remunerado el trabajo, y aunque se trabajaba de sol a sol, no llegaba para siete bocas, y así José ya un mozalbete aprendió el manejo de ordeñar las vacas, y con quince o dieciséis años gano un concurso de ordeñador organizado en Salamanca. “¿Pero esto para qué me vale?”, decía este mozo; y ya con dieciocho años, y ni corto ni perezoso, hablando con su amigo y vecino Loren “el Serrano”, decidieron apuntarse a la revisión médica, con toda la intención de tomar el rumbo hacia Alemania, y una vez tuvieron todo en regla, para allá que se fueron, por supuesto con carta de trabajo para una fábrica.
 
Y así nos lo contaba en esa esperada carta cada cierto tiempo, y es que Alemania  era otro mundo, y aunque ellos mismo tenían que hacerse la comida y lavarse la ropa, nos contaba que allí había unas máquinas en las que podías sacar de todo, desde un refresco, hasta una cajetilla de tabaco y muchas cosas más. Sí que era otro mundo, porque oyendo a Jesus lo que decía en esa carta, uno no podía imaginar que una máquina te diera un refresco en una esquina de cualquier calle,  previo pago por supuesto. Allí estaban casi un año y regresaban para Navidad con un par de meses de descanso, si no le llamaban antes como pasaba en alguna ocasión.
 
Ya unos años más tarde, se incorporaría mi hermano Poldo a esos viajes de trabajo, y si no recuerdo mal, estos viajes eran a Suiza en una fábrica de Cervezas. Por otro lado, el dinero lo mandaban a casa íntegramente, pues el salir de la fábrica a tomar algo, les costaba un dineral, contadas veces salían de la fábrica sino para pasear, que no estaba mal porque como ellos decían y aunque sea repetitivo, aquello era otro mundo.
 
Ese dinero que se recibía en casa era como caído del cielo, pues daba para mucho y así se empezó a cambiar la casa o caserón, ya que era de una sola planta y con seis metros aproximadamente de alto, por lo que con esa valiosa ayuda, se hicieron dos pisos y habitaciones para todos. Todo un sueño para esta familia. Hay que contar también con la ayuda de los demás hermanos, aunque el sueldo de un mes de esos países, no lo sacabas aquí en unos años. También en esos viajes de vacaciones siempre traían alguna novedad, como por ejemplo un magnetófono, aparato nunca visto antes en Ledesma y que llamaba mucho la atención ya que oíamos nuestra propia voz, por lo que nos hacía mucha gracia tanto a niños como a mayores, ¡qué risas nos pasábamos unos y otros!.

Y siguiendo con el protagonista de hoy, José, también en uno de estos viajes a Ledesma conoció a Loli, una gitana que estaba casi de paso en Ledesma ya que su padre vendía telas por todos los pueblos de alrededor  y cogieron como residencia Ledesma, viviendo en esta villa unos años, y después del correspondiente noviazgo celebraron una boda por todo lo alto, ya que para los gitanos esas ceremonias son muy especiales.  De este matrimonio nacerían cinco hijos, aunque por desgracía el primero falleció con pocos meses; después vendrían María Dolores, María José, Yoli e Ivan. Pero José después de casarse emprendió otra vez el camino hacia Suiza, hasta que vio una oferta en las minas de Guardo, en Palencia, y allí a tres kilómetros, en Santibáñez de la Peña, se fueron a vivir. También hay que decir que en esas minas tuvo un accidente que casi le costó la vida y se libró de milagro, pues en Bilbao y después de mucho tiempo entre especialistas,  logró recuperarse, aunque no del todo, ya que llevaba unas prótesis de hierro en uno de los hombros.
 
Toda una vida trabajando para jubilarse a los 55 años, pero él no paraba en un pequeño taller que tenía y hacía sus cosas, pues era un manitas, y la prueba estaba en esos tenedores, cucharas y muchas más cosas que hacía de palos, que él iba a buscar por esos montes palentinos. Y así un mal día, este trabajador nato donde los hubiera, falleció en la cama de un derrame  o algo similar;  por casualidades fatales en este caso, 10 días después fallecería también su hermana Magdalena, Dios les guarde. Siguiendo con José, era un enamorado de su tierra y por lo tanto, en Ledesma está enterrado. Y así le conocían todos en Palencia, pues le llamaban “Salamanca”.
 
Por otra parte y para terminar, los hijos se casaron y cada uno anda por donde le ha tocado el destino, y  mi  cuñada Loli, afectada de una enfermedad, ahora se encuentra cuidada por buena gente en una residencia de Palencia, ya que así lo requiere dicha enfermedad. Desde estas líneas le mando un abrazo a Loli, mi guapísima cuñada, y a toda esa gran familia de González Motos. Y por supuesto para toda mi familia,  un abrazo.
 
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