Pueblos de Salamanca

El caballo ciego: recuerdos de las labores de antaño 

A partir de San Pedro comenzaba la época más dura en el campo e incluso se pedía permiso al sacerdote del pueblo para que los agricultores no tuvieran que asistir a misa

01.07.2016 | 09:19
El caballo ciego: recuerdos de las labores de antaño 
El caballo ciego: recuerdos de las labores de antaño 

Ya se han contado aquí más veces recuerdos que vienen a la memoria cada vez que uno recorre los caminos de nuestro término municipal. Según la época del año son diferentes, pero siempre sirven para traer a nuestra memoria diferentes recuerdos, pues era en el campo donde uno comenzaba su vida laboral desde la edad de niño.
 
Por estas fechas se iniciaban las tareas más penosas de todo el año. Las plantas de primavera empezaban a secarse, las pajas, la hierba, el heno… Y empezaba la cosecha. La festividad de San Pedro, 29 de junio, era una referencia aproximada para iniciar la siega del centeno. Antes, ya en mayo, se había segado la cebada y esto era un aviso de lo que nos esperaba.
 
Luego vendría la siega del trigo, el acarreo, la trilla, la limpia, el olor a paja y a muña… en definitiva, penalidades tanto para personas como para los animales de trabajo.
 
A partir del día de San Pedro ya no habría descanso. Se solicitaba permiso al señor cura para que, por necesidades y premura de recolección, dispensara a los vecinos de la obligación de asistir a misa los domingos, y venga, dale que te pego a tirar de la oz de sol a sol con lo largos que son los días y sin descanso semanal.
 
Solo había una jornada de paro con la obligación de ir a misa: El 25 de julio, día del Apóstol Santiago, cuando los muchachos pasábamos la mayor parte día a la sombra de los chopos del pilar con nuestros juegos y travesuras (chopos de los que tanto ha gustado escribir a Luis Colino). Por supuesto también la fiesta de San Lorenzo, cuando ya empezaban a declinar estos penosos trabajos.
 
La generación de nuestros abuelos debió ser muy dura. La de nuestros padres también, pero más llevadera. La nuestra mucho mejor y la de nuestros hijos y nietos no va a ser tan buena como la nuestra.

Entre los recuerdos propios y los que uno ha oído contar destaca con mucho el siguiente: El tío José, de la tía María, y el tío Andrés, de la tía Eugenia, tenían un molino en el río Uces más abajo de los Pontones, ya en el término municipal de Masueco. Entre los dos atendían la empresa que lo único que producía era trabajo no retribuido para ellos y el resto de la familia que tenía que apoyarlos.
 
El inventario patrimonial de la empresa no pasaría de un martillo y un cincel para picar la piedra de moler, algún costal para recoger la harina y para transportar el producto un caballo que se había quedado ciego de lo viejecito que era. Una muchacha jovenzuela de la familia tenía la misión de transportar del pueblo al molino y viceversa a lomos del caballo el grano procesado, guiando al animal por el sendero escarpado que desde Cabeza Rasa conducía en dirección descendente hasta el molino.
 
La conductora debía mantener la máxima concentración y sensibilidad hacia el caballo, porque si éste sacaba una pata del sendero y pisaba fuera, caería con su carga y tendría que solicitar ayuda para arreglar el accidente. Escuché este relato varias veces de boca de la conductora del caballo y siempre la escuchaba con el máximo interés, porque afectaba directamente a mi familia.
 
El tío José era mi abuelo y la muchacha que conducía el caballo era mi madre y esta se emocionaba en el momento de describir la alegría que sintió cuando le sustituyeron el caballo ciego por otro joven ya que le parecía mentira poder ir delante del animal sujetado por el ronzal sin tener que preocuparse de dónde pisaba el caballo. Para entender la diferencia me hacía la siguiente comparación: “Con el cambio me puse más contenta que tú cuando estrenaste el primer coche”.

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