Pueblos de Salamanca

Una subida hacia el cielo

Resumen de un gran día de ruta desde el Maíllo a la Peña de Francia

13.10.2017 | 18:03
Una subida hacia el cielo

Viajar hacia el este a primeras horas de la mañana, cuando al sol otoñal le cuesta alzar el vuelo, es una tarea más complicada que la que normalmente te espera al finalizar el viaje. Viajábamos hacia El Maíllo, el sol inundándonos el habitáculo con sus rayos. Conducir en esas condiciones, requiere una gran concentración, no pudiendo disfrutar plenamente de un camino siempre muy interesante, con toda la sierra a tu derecha.

Un alivio dejar aparcado el coche, coger la mochila y enfilar el sendero para ascender a La Peña de Francia por la ladera norte. Arranca el camino en los restos de la Casa Baja, convento que los frailes tenían para invernar, cuando la nieve hacía presencia en las alturas. La ruta perfectamente señalizada, se adentra pronto en el monte de robles y pinos albar, con el suelo tapizado por helechos.

Caminamos ascendiendo hacia el sur, los rayos del sol se cuelan entre las ramas, produciendo contraluces variados, las telarañas tejidas por la noche, recubiertas con pequeñas gotas de rocío, señalan los límites de la presencia humana, más de una cinta cortamos en nuestra ascensión. La sequía se deja sentir en esta ladera, situada a la umbría, los cauces de las torrenteras vacíos, los helechos luchan por abandonar su verde intenso lentamente, para pintar de color el paisaje. Muchos no resisten, están secos, de color marrón apagado, clara señal de que la vida sin agua deja a muchos tirados en la cuneta.

Poco queda de aquel antiguo sendero zigzagueante, empedrado, por donde subían y bajaban los monjes según la estación. Por la pendiente de algunos repechos y su estrechez, cuesta comprender que subiesen frailes con hábitos hasta los pies y estómagos por debajo de la cintura. Seguro que confiaban en los milagros, más de uno debió recurrir a ellos para realizar el trayecto.

Demasiadas cicatrices también en esta sierra, llevándose por delante gran cantidad de vegetación y parte del camino. Los caminos no eran aptos para vehículos, pero que conste que cortafuegos y pistas no son aptos para caminantes. Al final de la pista, justo cuando una enorme pedrera de cuarcitas recubiertas por líquenes, rompe  bruscamente el paisaje, nos topamos con una cabaña recién construida, utilizando la misma técnica con la que hace años levantaban los pastores las suyas. Gran arte la mampostería que consigue colocar las piedras de formas y tamaños distintos sin sujeción.

Las cuarcitas del camino al asentarse se han rejuvenecido, han cambiado su color gris verdoso por el blanco del cuarzo. El sonido pedregoso al andar, la vista por primera vez del horizonte despejado, nos anima al emprender la subida más empinada.  Nos adentramos de nuevo en el bosque, ´la altura de los robles en inversamente proporcional a la altitud. Un par de ellos centenarios, desentonan en medio de un robledal ya bastante raquítico que permite ver el cielo azul tapizado por sus amarillentas hojas lobuladas, bello espectáculo visual.

Estas rampas difícilmente las subirían los monjes, aunque nunca se sabe, pues estar subiendo hacia el cielo terrenal que es la cumbre de la Peña de Francia motiva de verdad. Espléndidas parcelas de cielos terrenales en las alturas, con vistas espectaculares, se ha ido apropiando la iglesia a lo largo de la historia, quizás desde las alturas la conexión con Dios a falta de teléfonos era más fácil y directa o quizás el medio te llevaba directamente al cielo.

Cuando los robles se han transformado en simples arbustos y después matorral, casi por sorpresa aparece ante nosotros la gran mole del macizo, al fondo de un gran valle, cuyas laderas serpentea a partir de ahora el camino. Cuando en medio del bosque avanzas, a pesar de que sabes la dirección del destino, siempre te sorprende su aparición ante tus ojos, viajar es asombrar, por ello, los sentidos han de estar siempre en plena forma. Largo camino, pero muy gratificante. El horizonte que se domina es casi infinito, cubierto de robledales, que van adquiriendo tonalidades diferentes, manchas de pinos que rompen el color otoñal con su verde siempre invariable, las choperas amarillentas de los ríos brillan en la lejanía con los rayos matutinos.

Varios senderos paralelos en la ladera opuesta, nos intrigan, bien visibles entre las pedrizas, desaparecen cuando se adentran entre los matorrales, sin un destino muy cierto y claro. Antes de alcanzar la carretera, un gran ventanal y su balcón, incitan a recrear la vista ante tan impresionante paisaje, tan sólo roto por la antena- cohete, que se suba por donde se suba, el fuerte impacto ambiental siempre está presente. Unos viajeros procedentes de Burgos, lo certificaban.

Una larga cadena montañosa se dirige a La Hastiala, uniendo las dos cumbres más altas de la sierra de Francia. El sendero ya más empinado se dirige casi en línea recta hasta la cumbre, cruzando la carretera que hace los últimos km más suaves. A la derecha la clara esfinge tumbada que representa el Mingorro, echada a la Bartola con la mirada puesta en  la Hastiala me sorprende una vez más. Nos recibió como siempre La Peña con todos sus ventanales abiertos de par en par, para disfrutar de sus siempre impresionantes vistas.

La bajada, como siempre intentamos modificar el regreso, pero analizadas las rutas alternativas, los pros y los contras, decidimos regresar por donde subimos. El sol de octubre calentaba de forma inusual, iluminando intensamente el camino  decorado con colores otoñales. La bajada del cielo fue bastante más rápida que la subida.

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