Pueblos de Salamanca

La llegada de una partida de maquis a Colmenar en 1946

Tras el suceso, las gentes del pueblo tuvieron que cargar varios años con el 'sambenito' de "cobardes"

01.07.2016 | 21:10
Un grupo de maquis.
Un grupo de maquis.

Maquis es el nombre genérico por el que se conoce a los grupos armados clandestinos que practicaron las técnicas de combate de guerrilla especialmente en el medio rural y natural, durante la Guerra Civil Española y su posguerra. Maquis significa "resistente" y designa a grupos de guerrilleros que formaban parte de la denominada Resistencia francesa durante la II Guerra Mundial.

Un episodio del  que apenas se habló en muchos años porque suscitaba recelos y malos recuerdos en la población, fue la llegada de una partida de maquis a Colmenar. El resumen de la narración está basado en unas notas inéditas del hijo del secretario del Ayuntamiento en aquella época,  que participó activamente en algunos episodios y fue testigo directo de los hechos.

En un día frío de mediados de enero de 1946, la tarde del 11 concretamente, un grupo de seis guerrilleros armados -maquis- entraron en el pueblo por el camino de las Nogales procedentes de las Hoyas y llegando a la Plaza  Mayor entraron en una de las primeras casas que se encontraron, -un palacete de finales del XVII-, ya que, según explicaron después,  dada la estampa señorial de la casa, intuyeron que allí vivía alguien con posibles y responsabilidades en el pueblo. Desde allí, a punta de pistola y con el propietario como rehén, se dirigieron a la del  jefe de falange, quedándose cuatro de ellos vigilando en la plaza del Solanillo.

Enteradas las autoridades locales, -el secretario, el alguacil y el juez-, de lo que estaba ocurriendo, se dirigieron a la casa donde tenían a los rehenes. El secretario solicitó a los que hacían guardia a la puerta que se identificaran, pero fue encañonado por uno de los guerrilleros que le arrebató la cartera y dirigiéndose a los demás gritó: “¡Tenemos al Secretario del Ayuntamiento!” obligándole a entrar en la casa.

En el interior, el que parecía ser el jefe, les explicó a los presentes  que eran “guerrilleros antifranquistas, los que conocéis como maquis” dijo “y no queremos hacer daño a nadie. Hemos llegado a este pueblo, desorientados y necesitados de alimentos y dinero y nuestra intención es obtenerlos y seguir el camino hacia el norte”. Exigieron bajo amenaza de muerte que le dieran el nombre de dos familias acomodadas del pueblo para recoger los  alimentos que necesitaban. Salieron todos, rehenes y maquis, hacia los domicilios indicados, pero antes de llegar pasaron por estanco y se apropiaron de varios paquetes de tabaco, librillos, cerillas y varias botellas de coñac. Una vez llegaron a las casas indicadas, exigieron la entrega de alimentos y cargaron varios sacos con productos de la matanza, quesos y otras viandas y  la entrega de treinta mil pesetas, llevándose a uno de los propietarios como rehén. El dinero exigido debía ser llevado a la tapia del cementerio viejo en una hora, bajo pena de ejecutar a los rehenes. A petición del jefe de falange, accedieron a dejar en libertad al Secretario para que reuniera el dinero, porque consideraron que era la persona idónea para tal fin.
 
En la Plaza Mayor se había reunido un pequeño grupo vecinos entre los que se hallaba el cura y el juez, a los que el secretario contó lo que pasaba. El cura, en su condición de alférez-capellán del Ejército durante la guerra, incitaba a los presentes para que se apostaran en las cercanías del lugar y desde allí abatirlos a tiros. El buen criterio del juez hizo que desistieran de tal acción, recriminándole al cura su actitud y diciéndole que en vez de calentar el ambiente se dedicara a rezar que era lo suyo, evitando con ello una posible masacre.
 
El Secretario se entrevistó con el depositario  del Ayuntamiento y de común acuerdo sacaron ocho mil pesetas de los fondos que éste último custodiaba. La esposa de uno de los secuestrados entregó trece mil  y entre el resto de vecinos, haciendo el cura de intermediario, juntaron las nueve mil restantes.
 
Con las treinta mil pesetas reunidas, el secretario se acercó a las tapias del cementerio y se las entregó a los maquis que, una vez en su poder, dejaron en libertad a los detenidos y partieron por el camino de las Hoyas con rumbo desconocido.
 
Como era su obligación, inmediatamente intentaron poner los hechos en conocimiento de las autoridades provinciales pero no lograron comunicarse porque, el único teléfono existente en el pueblo era el de la empresa que suministraba electricidad y, como era muy corriente, no funcionaba. Se acordó que una persona se acercara a Horcajo de Montemayor donde había otro teléfono de la misma empresa y a las dos de la madrugada lograron contactar con el puesto de la Guardia Civil de Ledrada, con la esperanza de que en poco tiempo llegaría  la fuerza pública.
 
Como a las nueve de la mañana del día 12 no se tenían noticias, se desplazaron hasta Béjar el alcalde, el secretario, el Jefe de Falange y un concejal y desde allí, en taxi, viajaron hasta Salamanca para visitar al Gobernador Civil, que a la sazón era don Diego Salas Pombo, para informarle de lo sucedido.
 
Los recibió con actitud distante y desconsiderada diciéndoles que ya tenía noticias de los hechos y que en los próximos días se desplazaría hasta Colmenar.
 
El día 13 llegó al pueblo una camioneta con una docena de guardias civiles, un coche con un coronel, un capitán y un teniente de la benemérita y por la tarde  un coche con el Gobernador Civil y dos acompañantes


 
La noticia en LA GACETA
La autoridad provincial se indignó mucho con las autoridades locales, destituyendo en el momento a la mayoría de ellos y también con los vecinos a los que reunió en el portal de la Iglesia y tildó de cobardes. Dicho lo cual el ínclito Poncio se marchó y dejó a todo un pueblo confundido, desamparado, agraviado y con la sensación amarga de no haber hecho lo que de ellos esperaba Su Excelencia el Señor Gobernador, que no era otra cosa que haber repelido bravamente la agresión de “los maquis”, a sabiendas de que muchos caerían muertos, heridos o lisiados para toda la vida.
 
La noticia apenas tuvo eco en la prensa  local, tan sólo una reseña de la visita del Gobernador, sin mencionar los problemas que le habían llevado hasta allí y ni una palabra de la irrupción de los maquis en el pueblo.
 
Un capitán y dos números de la Guardia Civil tomaron declaración al jefe de Falange, a los otros dos secuestrados y al secretario. La conclusión final fue que pocos días después una pareja de la Guardia Civil de Ledrada, cumpliendo órdenes de la superioridad detuvo al secretario, al que se le acusó de “colaborador necesario”,  siendo encarcelado.
 
Un grupo de más de treinta vecinos, encabezado por el jefe de Falange, pero entre los que no se encontraba ni el cura ni ninguno de los vecinos considerados “de derechas de toda la vida” se desplazó a Salamanca para gestionar su liberación, avalando el buen comportamiento del secretario en los sucesos y consiguiendo su puesta en libertad después de veintiún días de cautiverio.
 
Las gentes de Colmenar, durante varios años, tuvieron que cargar con el “sambenito” de cobardes y fueron objeto de burlas, chanzas y descalificaciones en los pueblos de la comarca, con chascarrillos como: “Si queréis comprar gallinas id a Colmenar” o “Eres de Colmenar, pues no se hable más: cua… cua… cua…cua”.
 
Por todo esto y por la amargura que el suceso dejó entre los lugareños, en Colmenar se eludía contar el episodio, guardándolo en el lugar más recóndito de la memoria porque era mejor “no menearlo”. Hoy, transcurridos setenta años, lo sacamos a colación sin otra intención que  la meramente  informativa.

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