Pueblos de Salamanca

Los 'pozos secos', un salvavidas en medio de un periodo de escasez

Estas construcciones fueron utilizadas en los años de la posguerra y servían para salir adelante en situaciones de suma necesidad

22.02.2016 | 12:47
Un ejemplo de la cartilla de racionamiento.
Un ejemplo de la cartilla de racionamiento.

Para la mayor parte de los españoles de a pie, la década de los cuarenta del siglo pasado, los años de la posguerra, fueron muy duros: años de hambre, de miseria y escasez, de estraperlo, de colas interminables -cartilla en mano- para adquirir los alimentos racionados, de enfermedades, de faltas de agua potable y de luz,  de salarios de miseria, de piojos y de sabañones.
 
En los pueblos se soportaban mejor las penurias porque, a pesar de ser para la mayoría de sus habitantes una economía de subsistencia, con los productos del campo, la matanza, dos cabras y cuatro gallinas, se sobrellevaba mejor la hambruna.
 
En esos llamados “años del hambre” el ingenio popular buscaba las formas de ocultar aquellos productos prohibidos o racionados que en algún momento les pudieran hacer salir de una situación de suma necesidad. Los alimentos escaseaban o estaban racionados, así que había que ingeniárselas para que lo poco que había pudiera estar a buen recaudo.
 
Disimulados en el suelo de la bodega, a veces en la cuadra  o en el huerto, se excavaba un agujero a modo de zulo y se cubría el suelo y las paredes con piedras, ladrillos o cualquier otro material resistente a la humedad, se tapaba  y  ocultaba. A veces se  empotraba en el agujero una tinaja de barro, un bidón de latón  o de  plástico para impermeabilizarlo.

Para disimularlo se colocaba sobre el agujero de entrada, a modo de tapa, una lancha de granito, una plancha de hierro o a veces de madera, cubriendo encima toda la superficie con barro, tierra, estiércol o paja  para mimetizarlos con el entorno. Eran los llamados “pozos secos” una especie de cajas fuertes cuya  finalidad fue la de guardar todas aquellas cosas que, o por tener un valor real o sentimental, el propietario quería tener a buen recaudo o que por ser productos prohibidos o de contrabando y su posesión ilegal, no podían mostrarse a la vista ni de vecinos ni mucho menos de la Guardia Civil.
 
En Colmenar y en otros pueblos del entorno, muchos de los productos que se guardaban en los pozos eran de contrabando, que en esta zona provenían de Portugal, o algunos del estraperlo (comercio ilegal de artículos intervenidos por el Estado). Allí se guardaba el café portugués, jabón, tripas para embutidos, etc y otros productos de primera necesidad que eran comprados mediante las “cartillas de racionamiento” y guardados como reserva para en caso de apuro ser utilizados como moneda de cambio, trueque o compraventa. En algunos casos también servían para  guardar escopetas de caza, cepos, redes prohibidas de pesca, etc, es decir, el material que era utilizado clandestinamente para el furtivismo.
 
Se comentaba que en algunas casas de cierto nivel habían escavado dos pozos: uno para los productos prohibidos y otro para los autorizados. Así, si había algún registro,  mostraban o dejaban que “encontraran” el pozo de los no prohibidos y, una vez encontrado éste, se descartaba que siguieran buscando otros, evitando con esta argucia más registros.
 
Es posible que aún queden pozos secos disimulados en algunas casas antiguas que por estar tan escondidos y camuflados es muy difícil dar con ellos. Si a esto unimos que el paso del tiempo y el desuso han borrado su memoria, tendremos las claves del desconocimiento casi generalizado que hay de su existencia. Tan sólo las personas de más edad en Colmenar recuerdan haberlos visto e incluso  haber participado en su construcción, quedándoles en la memoria aquellos tiempos de penuria y escasez que, no por pasados han de ser necesariamente mejores. 

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