Pueblos de Salamanca

El matrimonio Perancho: dos de los últimos hortelanos

Reflexión sobre el sector de la agricultura y su relevo generacional y profesionalización

26.09.2017 | 21:20
El matrimonio Perancho en la Plaza de Béjar.

Es Daniel a la plaza de Béjar los martes, como Conrado a la plaza mayor en carnavales. Es curioso cómo los dos, salvando la diferencia de edad entre uno y otro, guardan bastante parecido físico.

La espesa mata de pelo blanco, teñido a golpe de años, su tez morena esculpida por el escoplo de la intemperie, de sol a sol, bregando con la tierra para exprimirle lo mejor de ella, le han dado un toque de campesino auténtico, de los de "moquero" anudado por sombrero.

Lleva muchos años, este hortelano, junto a su esposa Mª Luz, haga frío, calor, llueva, ventee, ocupando su puesto en la plaza del mercado, ofreciendo su "género" a los clientes, clientes que con el paso del tiempo han ido cambiando, cómo ellos, que no han tenido más remedio que cambiar sus cultivos para ser competitivos.

Me acerqué a  su huerta una tarde del mes de septiembre, con bastante calor aún. Me los imaginaba cavando con el almocafre, ese apero en forma de pico de rapaz que te obliga a doblarte hasta conseguir que tu columna forme la curva de la herramienta, pero era lunes, día de preparar el género para el martes y no tocaba cavar. Por otra parte, Daniel anda delicado de salud, y para usar esa herramienta hay que estar al 100%. Por ello no me pudo atender como él quisiera.

A pesar de ello, pude disfrutar de su huerta. Situada en la zona de Las Viñas, donde poco queda de aquel jardín hortofrutícola del pasado siglo, siendo su huerta una isla en medio de tanta zarza, tanta pradera, tantos juncos y cañaverales, tanto abandono, tanta agua desbocada que ladera abajo terminará en las cunetas formando un auténtico regato de agua desperdiciada. Si supieran los hortelanos del Levante cómo se despilfarra aquí el agua, seguro que a más de uno le sacaban los colores.

Esa tarde regresé a mi huerta, a un tiempo archivado en la memoria, viendo que sólo tenía que hacer clic en mi archivo para comprobar que este tipo de explotaciones, se siguen llevando igual, con enorme dedicación, trabajando de sol a sol. Mucho trabajo para dos personas ya mayores, ordeñando vacas lecheras, con cerdos, mucha huerta, invernaderos y por si era poco ejercer de vendedores ambulantes en Ciudad Rodrigo y La Fuente de San Esteban.

Al día siguiente, hablamos un buen rato en la plaza del mercado, especialmente con su mujer, mientras atendía a sus clientes, pues a él la cadera y los dolores le traicionan. También se les ve a gusto en esta faceta comercial, dominando el arte de embaucar a los clientes, especialmente él.

Ve el matrimonio con gran pesimismo el estado en que se encuentra el regadío de toda la vega del Águeda. La pérdida exagerada de agua, su mal uso, el abandono del canal, lleno de barro y juncos, por el que el agua se mueve con dificultad, la que lo consigue, porque mucha abandona su camino y se marcha por donde quiere, pues dispone de demasiadas puertas.

Nada que ver como estaba el canal hace años, donde la recia figura de D. Fernando lo controlaba desde la distancia, ni aquello ni esto, es difícil siempre conseguir el equilibrio.
Brindis por estos hortelanos, de los pocos que han mantenido la huerta tal como estaba hace años, de hecho aún conserva la casa y dependencias antiguas, sobre las que han ido haciendo mejoras y ampliaciones. Se les ve aún ilusionados con su trabajo, a pesar de su dureza, a pesar de la mecanización hay labores que se siguen haciendo igual que siempre, doblando los riñones.

Han debido adaptarse a los tiempos, instalando invernaderos que cubren de plásticos algunos tramos de su huerta, para ser competitivos no hay otra opción, nuestro clima de forma natural retrasa demasiado las cosechas de la huerta, los plásticos nos permiten tener en junio tomates en la plaza, me comenta Daniel.

Pronto dirán adiós  a la huerta, a tantos años bregando con el "zacho" para mostrar todas las semanas su clientela un mosaico de verduras y hortalizas de gran calidad, que son distintas a las que llegan de otras latitudes, porque la tierra, el agua, el clima y especialmente la forma de cultivarlas hacen lo suyo, por eso son distintas. Como también son distintos los clientes, Mª Luz me comenta que el mercado poco a poco irá desapareciendo porque la gente joven no aparece por la plaza, y sin relevo generacional, ya se sabe lo que pasa.

Por tanto, mientras esto ocurre, hay que disfrutar de una de las huertas centenarias, la de Rosendo Perancho, que ha sabido sortear muchas dificultades, pudiendo contemplar su maravilloso jardín de hortalizas.

Por último, quizás fuese el momento para que la Administración educativa ofertase módulos relacionados con la agricultura, enfocados a recuperar las huertas, entroncándolas en el comercio de la ciudad. Ya hay experiencias muy positivas en otros pueblos. Esta huerta centenaria, estos dos hortelanos, serían dos estupendos modelos educativos a mostrar a los alumnos.



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