Pueblos de Salamanca

Una ruta desde Ciudad Rodrigo por tierras del Campo de Argañán

La vieja carretera de Gallegos se ha convertido en una maravillosa vía para senderistas y ciclistas

20.04.2017 | 19:20

Dejándote llevar por el curso del Águeda, éste te conduce hacia el oeste, a Portugal, a la comarca del Campo de Argañán. La vieja carretera de Gallegos se ha convertido en una maravillosa vía para senderistas y ciclistas, formando parte de una ruta BTT que llega hasta Almeida.

Mi tendencia natural por acercarme a la montaña o la sierra, ha hecho que esta zona de Ciudad Rodrigo haya estado muchas veces relegada a un segundo plano a la hora de iniciar una nueva ruta. ¿Tiene su encanto? Pues vaya que sí lo tiene.

La recorrí un día de cielo azul intenso, tan sólo salpicado por cigüeñas, milanos, palomas, zorzales y especialmente mariposas de un blanco  inmaculado que parecían hacer el doblaje de las nubes blancas que ese día no actuaban.
Los chopos rebosaban brotes de hojas recién salidas de yemas días atrás engordadas a pasos agigantados. Su color marrón rojizo por la falta aún de clorofila, dejaban pasar entre las ramas el cielo azul, ofreciendo una preciosa imagen. Al lado un pequeño tramo de nabos florecidos, testigos mudos de un tiempo lejano, pero que a veces es demasiado cercano, pues de ello se encarga ahora la colza.

En el suelo las yemas malogradas me recordaban su pringue que utilizábamos para pintarnos las uñas, una forma de aligerar el largo tiempo, cuando te tocaba el turno de pastorear ovejas o vacas. Abril sigue siendo el mes para preparar las huertas para la siembra y la plantación, es tiempo de estercar, varios hortelanos-parceleros lo hacían.  Por el camino habían dejado un reguero de estiércol, perfumándolo.

Al llegar a Conejera, otro de los poblados que surgieron cuando se transformaron tierras de secano en regadío, desaparecen las huertas y comienza el territorio de las vacas, justo cuando el agua sobrante del canal vuelve al río a través del regato. La ligera subida del camino, mirando de reojo, permite divisar lentamente la sierra en toda su dimensión y la ciudad con una de las mejores vistas. La nieve en la sierra de Béjar se une a las mariposas en su afán de romper la uniformidad del cielo azul.

Ya no hay tierras de labor en estas fincas donde el cereal era un monocultivo, los lejanos políticos europeos diseñaron para estas tierras un mapa donde las vacas se han convertido en las reinas y señoras desde Conejera a Gallegos. Negras moruchas, pardas auténticas, rojas limusinas, blancas charolesas, de raza pura y con exceso de cruces, campean  por besanas reconvertidas en prados cercados, ahora cubiertos de una fina capa de hierba, que en los altos,  con los primeros calores de verano se convertirán en un auténtico secarral.

Y es que durante varios kilómetros, hasta pasar Manzanillo, no hay árboles ni apenas matorral, que de ello se encargan las vacas de tenerlo a raya. En lo alto del horizonte, las vacas se encargan de romper la monotonía de su línea. Una liebre que inició la carrera a la orilla del camino, recorrió larga distancia sin saber donde guarecerse.

La primavera tiene un pincel especial, transformando los pelados cerros y valles de regatos sin agua, en una explosión de colores, donde las margaritas arrasan, formando a lo lejos un manto blanco, que continúa a medida que la altitud asciende, eso sí, ahora con las escobas en flor. ¡Será la última nevada del año!

Los regatos bajan agua hacia el río. Las plantas acuáticas se están adueñando del cauce, quizás por la gran cantidad de nitrógeno que arrastran, convirtiendo su corriente en una serpiente florecida reptando entre la hierba del valle.

Al cruzar la vía del tren, aparecen las primeras encinas y carrascas, anunciando el cambio de terreno. Los continuos toboganes del camino, le hacen bastante entretenido. Hay que dar pedales para llegar a Gallegos de Argañán. Lo hago para disfrutar de un día maravilloso, sin horario, con mucho tiempo. ¡Qué distinto cuando tenían que desplazarse por necesidad hace años!

O para ir a la romería – ya próxima-como hacían los jóvenes de la época de mi padre y mi suegro. El puente de Mari Alba, bastante bien conservado, permite cruzar la rivera de Azaba, ya próxima a desembocar en el río. Sus aguas bajan ya tranquilas, frenadas por algas caprichosas, formando un rico ecosistema, donde destaca una colonia numerosa de galápagos, que perfectamente camuflados toman el sol entre las pizarras de la orilla.

La subida hacia La Puentecilla, es el último repecho antes de alcanzar el pueblo. Aparece un rebaño custodiado por unos perros sueltos. Al pasar, saltan al camino, incordiando a los caminantes. No se entiende esta situación en un sendero con una catalogación de GR. Suele ocurrir con frecuencia como me contaron algunos vecinos.

Esta entrada a Gallegos es bastante más interesante que la que te lleva desde la autovía. Numerosos huertos bien cuidados, a ambas orillas del regato, dibujan una bella imagen con los frutales en flor y los pequeños surcos ya con las lechugas, garbanzos nacidos o esperando a recibir cualquier hortaliza.

El pueblo mantiene, a pesar de haber menguado bastante, sus trazas de ser el más importante del Campo de Argañán. Viejos corralones con grandes portones con sus tejadillos  a la entrada, casas solariegas bien conservadas, recuerdan su riqueza. La Plaza Mayor acogiendo a la plaza de toros.

Regresé por la antigua carretera nacional, parando en Carpio de Azaba, pueblo con lazos familiares, igual que Gallegos. Al pasar de nuevo la rivera, los encinares desaparecen, dando paso a terrenos baldíos y pequeñas parcelas de cereal. Es Carpio, a pesar de su privilegiada situación, un pueblo pequeño, como todos venido a menos, donde ver vecinos por sus calles es una tarea bastante complicada.

Por el camino de Palacios llegué hasta la tierra, donde hace años, peleé para que las motosierras no se llevasen por delante a todas las carrascas, salvando a la más esbelta, hoy para mi satisfacción convertida en una preciosa encina. Enorme mirador de toda la sierra es esta zona del pueblo, donde aún se ven pequeñas islas de cereal en medio de un mar de pastizales devorados por las vacas.

Me acerqué hasta la rivera pasando por un precioso encinar con la candela soltando polen, con valles de hierba fresca donde pastaba una vaquería multicolor, antes de regresar por la carretera N-620, con mucho viento de cara, con un fondo espectacular, después de haber disfrutado de un día especial por el Campo de Argañán.

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