Pueblos de Salamanca

De los sonidos del ayer a los ruidos de hoy

Una reflexión sobre el contraste de lo que escuchábamos antaño y lo que escuchamos en la actualidad

29.07.2016 | 21:16
Campanario de San Andrés.
Campanario de San Andrés.

Se han producido tantos cambios en las últimas décadas, que pocas cosas son lo que eran hace 50 ó 60 años. Los sentidos, esas maravillosas ventanas que tenemos para captar la realidad, deben constantemente someterse a cursos de perfeccionamiento, pues las sensaciones están cambiando constantemente.
 
El oído, es uno de los sentidos que más ha debido hacer este esfuerzo para poder adaptarse a una realidad tan distinta, evolucionando demasiado deprisa para un órgano de gran complejidad, donde el tímpano se las ve y se las desea para filtrar sonidos cada vez más desagradables y dañinos para su delicada estructura.
 
Se ha producido un salto cualitativo importante, pasando de la cultura del sonido a la civilización del ruido, el verbo escuchar cada vez se conjuga menos. Los sonidos, producidos por vibraciones, transmiten la mayoría de ellos sensaciones agradables. Eso, es lo que ocurría con  la mayoría de los sonidos de antaño.
 
Muchos eran los sonidos que lográbamos identificar a lo lejos tanto en el campo como en la ciudad, uniéndolos rápidamente a un determinado animal, apero de labranza, vehículo, personas, trabajo…
 
En el campo, el invierno era la estación del silencio, impresionaban las noches estrelladas de fuertes heladas, con un silencio sepulcral, tan solo roto por las pisadas sobre el hielo y el carámbano  cuando había que salir a “apajar” el ganado al establo, las estrellas parecía que de un momento a otro caerían rompiendo el silencio. Al amanecer los lamentos de los cerdos sobre el banco, los ladridos de los perros, resonaban a lo lejos.
 
El cierzo helado silbaba acompasadamente al colarse por las demasiadas rendijas de puertas y ventanas, aumentando y disminuyendo su intensidad como si de un concierto se tratase, con la llegada de las avefrías y su fino quejido componían una pequeña orquesta que aliviaba la dureza de esos días de enero donde hasta el sonido parecía congelarse. La lumbre baja, más activa esos días, ofrecía un sinfín de sonidos chisporroteantes y melódicos, según el tipo de leña que estuviese devorando. Hasta las tapaderas del pote, cazuelas y pucheros cuando hervían conseguían un ritmo armónico. En el ambiente de la cocina se cruzaban palabras, sonidos de cubiertos sobre la porcelana, maullidos de gatos pidiendo comida, siempre en un tono suave.
 
Con la llegada de la primavera, su energía actuaba como un auténtico equipo de megafonía, apareciendo un sinfín de sonidos que habían quedado aletargados durante el invierno. Los animales eran los auténticos protagonistas, especialmente los pájaros, jilgueros, gorriones, abubillas, milanos, águilas y muy especialmente el canto de los gallos al amanecer. El celo ponía adrenalina a toda la granja y explotaban los sonidos para ganarse el cortejo, el de la gallina clueca dirigiendo su pequeña orquesta de pollitos con su pío, pío era muy enternecedor. Conocíamos a lo lejos los bramidos de cada vaca, sabiendo si tenían hambre, exceso de leche o su ternero para su desgracia, había salido hacia el matadero.
 
Segar acompasadamente con la guadaña o la hoz producía un sonido que no molestaba, hacía daño el dolor de riñones, la leche al ordeñar las vacas marcaba un ritmo al golpear en el caldero produciendo un torrente de espuma. Cuando comenzaron a llegar las máquinas, entró el ruido en el campo, los sonidos dejaron de ser agradables, en el establo sólo se oía el motor de la ordeñadora con su pitido machacón, las segadoras, trilladoras, tractores... se fueron llevando por delante canciones y conversaciones que hacían un poco más llevadera  la dureza de las labores del campo.
 
Durante el verano siempre me cautivó el sonido del trillo, con distintas melodías según se empezaba o terminaba la parva, distinto para el trigo o los garbanzos, y el sonido de la criba, que más de un folklorista ha utilizado como instrumento musical. El canto de grillos, ranas y sapos, rompía el silencio de las noches calurosas del verano, donde la luna llena a veces de puro grande te estremecía el alma, lo mismo que  los truenos, sus punzadas secas en el tímpano llegaban demasiado rápido al corazón.
 
Del otoño me quedo con el sonido del viento en las choperas, cayendo las hojas acompasadamente golpeando el suelo y las pisadas sobre las hojas secas, al vaciar los sacos de maíz en el desván producían una sinfonía que se extendía rápidamente por todo el espacio.
 
El repique y los toques  de campanas se han dormido, dejando a las sirenas y alarmas  que invadan con su desagradable pitido el espacio urbano. La llegada de los panaderos, lecheros, aceiteros, hueveros, con su voz anunciando su producto, dio paso al pitido de sus coches. En los colegios, en las plazas, en las fiestas, se cantaba bastante más que ahora, que para todo tipo de actuación tiene que haber ante todo miles de vatios para emitir primero ruido, después vendrá la música.
 
Tenemos la fama ganada de país ruidoso. Reflexionando un poco, te das cuenta de que nada más despertarte comienza un concierto de ruidos dentro y fuera de casa cada cual más desagradable: a la alarma del despertador, le siguen la máquina de afeitar, el microondas, el extractor, el móvil, la TV, así hasta la noche.... Fuera, al camión de la basura le siguen el cortacésped, la desbrozadora, el camión de descarga, los acelerones de las motos, pitidos, radiales, taladradoras, hormigoneras de un país siempre en obras…
 
Los sonidos rítmicos de la gran orquesta de antaño que formaban entre otros los cascos de las caballos, los cascabeles de las caballerías tirando de carros y tartanas, los cencerros de las vacas, esquilas y “cencerras” de las ovejas anunciando la llegada de un rebaño, el alguacil lanzando su pregón al viento anunciándolo previamente con su corneta, el afilador haciendo su presencia al toque de la pequeña flauta de pan, su piedra girando y chisporroteando al raspar el cuchillo aguzando su filo, el herrero golpeando rítmicamente la reja al rojo sobre el yunque, el agua en la pesquera, el ‘chaca cha’ del tren… han quedado en paro hace tiempo, dejando irrumpir esta nueva orquesta ruidosa, que nos lleva a algunos a buscar cada vez más el silencio.
 
Una aventura especialmente difícil en estos tiempos, pero muy necesaria. Es importante  educar en las escuelas para sentir la necesidad y el disfrute del silencio; de momento los auriculares y otras yerbas se encargan de anular cualquier pequeño atisbo de él.
 
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Imágenes que nos evocan el sonido del agua de la pesquera o el del campanario de la Catedral.

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