Pueblos de Salamanca

El Jálama, una puerta hacia el cielo

Este paraje, situado en el extremo de la Sierra de Gata, permite al visitante divisar el norte de Cáceres, el sur de Salamanca y el oeste de Portugal

17.07.2016 | 13:23
El Jálama, una puerta hacia el cielo

Nos estamos acostumbrando los últimos veranos a recorrer las cumbres de las sierras cercanas, se está convirtiendo en una tradición en mi círculo familiar y de amigos más cercanos.
 
Después de esperar unos días a que el viento amainara un poco, el viernes, afrontamos una nueva subida al Jálama, utilizando un nuevo sendero situado más hacia el oeste. A veces, cuesta romper con lo conocido y adentrarnos en caminos que no dominamos, nos pasó cuando llegamos y eso que éramos 4, con lo cual las decisiones están más arropadas. Nos conocemos demasiado todos, respetamos cada opinión, y llegamos a un acuerdo. Tocaba explorar una nueva ruta.
 
Así pues, abrimos una puerta que nos llevó a un recorrido con un encanto especial. Las duras rampas de cemento del comienzo, un camino que se tuerce demasiado al oeste, una cima que cada vez se aleja más a la izquierda, nos lleva a retroceder, hasta que el GPS de Ángel nos orienta de nuevo, siguiendo la ruta escogida. No hay nada que se agradezca tanto, en esos momentos de zozobra, que un caminante aparezca y te aclare todas las dudas. Apareció como por arte de magia en una curva, bajaba ya de la cima y en un minuto resolvió eficazmente nuestro problema.
 
¡Qué pena que tantos problemas como hay que solucionar, no encuentren personas capaces de ponerle solución! Debatíamos en esos momentos la dureza del terrorismo que está atenazando a la sociedad, creando un problema mundial, siendo cada vez más difícil conseguir una solución correcta.
 
Sin darnos cuenta, subimos en poco espacio una altura considerable, las Torres de Hernán Centeno, que impresionaban cuando bajamos del coche, las teníamos enfrente, empequeñecidas como diminutos cerros, hasta sus perfiles cortantes, se habían suavizado. Empezamos a disfrutar del enorme mirador natural de esta ruta. El valle de San Martín de Trevejo, Portugal, Navasfrías y otros pueblos portugueses, comienzan a blanquear como pequeñas pinceladas blancas entre la espesura del bosque.
 
El cielo azul intenso, una suave brisa templada, un extenso tapiz amarillento verdoso de piorno fino en flor y mechones de pinos entre los berruecos de granito, nos llevan en volandas hacia el cielo. Pero antes del cielo está el purgatorio y a punto tuvimos que hacer penitencia en él, cuando una vaca negra levantó la testuz demasiado mirándonos fijamente, para lanzarnos el mensaje de que aquel era su territorio. Nos faltó poco para que echáramos una ‘corribanda’ ladera arriba en busca de refugio, como cuando hace años en las noches de verano, a pesar del cansancio acumulado, aún nos quedaban energías para correr y jugar a lo que fuera.
 
Perfectamente señalizado el camino, está salpicado de vez en cuando de fuentes de agua fresca que se agradecen, los miradores bajo pinos de troncos caprichosos, parecen insinuar al caminante que coja su lapicero y anote en su cuaderno la belleza del momento, que esta mañana ha sido mucha. El camino actual ha aprovechado  el sendero antiguo empedrado que utilizaban los devotos de San Casiano, San Blas y Santa Clara, que en Pentecostés peregrinaban hasta estos parajes, donde parece ser que tenían sus respectivas ermitas. Hay que alabar el gusto que tienen los santos a la hora de escoger el sitio para .hacerse su residencia de verano
 
Llegamos al pozo de la nevera, encontrándonos con el viejo camino de otras subidas. Bajo un mechón de pinos que han superado valientemente los embistes de fuegos y tentaciones forestales, se encuentra esta curiosa construcción, cuyo funcionamiento se remonta a tiempos de los romanos, demostrando como la ciencia y la tecnología no son patrimonio de nuestro tiempo, como muchos creen pensar. La nieve del invierno, colocada sobre una base de madera, en capas superpuestas como una tarta de varias capas separadas por paja y arcilla, se convertía en una magnífica nevera natural de fabricar hielo. Con la llegada de los calores, con las cuñas y marras, rompían los bloques de hielo, que los mulos bajaban en los serones vendiéndolos por los pueblos de los alrededores.
 
Un mar de escobillas suavemente agitado por el viento bañaba esta ladera, tramo final para alcanzar la cima. Se agradece esta planta de tallo fino y suave que masajea las piernas, disimulando la dureza de las últimas rampas. Con ritmo constante, mirada fija en la cumbre, uno se siente ave rapaz e inicia el vuelo que te lleva donde la mente quiera.
 
A pesar de las veces que he subido a este cielo particular, me sigue sorprendiendo esta cumbre, que desde lo lejos es un vértice perfecto de un cono y al llegar descubres que es una habitación de muchas esquinas con ventanales abiertos de par en par. También su altitud te deja un poco fuera de juego, a lo lejos, llegando a El Payo, impresiona, se ve que la soledad agiganta la realidad, arriba te das cuenta que hay en los alrededores otras cimas con menos apariencia pero con más metros. Sorprende el viento, que sopla por los cuatro costados, anormalmente frío para la época veraniega que elegimos para subir.
 
Pero lo que más sigue asombrando son sus maravillosas vistas, mirador de 360 grados, ofrece un panorama único del norte de Cáceres, el sur de Salamanca y oeste de Portugal, debido a una situación privilegiada ocupando el extremo de la Sierra de Gata, lo que nos permite a los caminantes recrearnos con toda la cadena montañosa desde la Hastiala hasta la sierra de la Estrella.
 
Tocamos el cielo azul intenso, limpio y brillante al subirnos al punto geodésico, fue nuestro trofeo particular, desde ese pódium también contemplamos la desolación, al mirar al este y contemplar que el bosque enorme de pinos y robles había desaparecido, quedando convertido en un desierto horrible, porque esos lugares naturales nunca están preparados para ser un desierto.
 
Las máquinas gigantes de brazos móviles se han llevado todo por delante, abasteciendo durante el año a la celulosa de Burgos, que habrá hecho su negocio del árbol caído.
 
Regresamos por esa cara pelada, porque siempre buscamos nuevas rutas, no porque nos apeteciera demasiado. Quizás lo hicimos para dar testimonio de tanta barbarie, para comprobar in situ un desastre ecológico de dimensiones demasiado grandes, para acompañar en su soledad al pueblo de Acebo, huérfano de una masa forestal reducida a cenizas en una semana de infierno, para hacernos una idea de la dureza del trabajo de la minería, que en siglo pasado, agujereando esta ladera arrancaban como podían un poco de wolframio a la roca, para ver de cerca el fortín de la Cervigona, única masa forestal que logró sobrevivir .el infierno.
 
Algunos brezos, seguro que sacando fuerzas de lo más profundo de la tierra, se han puesto de acuerdo y han comenzado a revegetar por su cuenta pequeñas parcelas desérticas, a la orilla del camino demasiados esqueletos tiznados resistían para testimoniar la tragedia. Alcanzamos la base del Jálama, al girar hacia el oeste, nos reciben, castaños, robles, pinos resineros, entrelazados por helechos llenos de color y frondosidad. La carretera con demasiada pendiente, rectas interminables y asfalto recalentado, nos conduce al punto de salida.
 
Atrás han quedado muchos pasos para recorrer 15 Kilómetros de subidas y bajadas, pero siempre con un paisaje sobrecogedor que por sí solo justifica el esfuerzo realizado, llenando nuestro particular depósito de ilusiones.
 
Al llegar a casa comencé a escribir este relato, de manera especial agradecí al ordenador la posibilidad de hacerlo sin tener que recurrir al papel, tenía mal cuerpo, para tener que escribir un texto del Jálama sobre folios quizás demasiado tiznados.

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