Pueblos de Salamanca

Un Jueves de Pasión apasionante

El mirobriguense Antonio Castaño, gran aficionado a las rutas, recomienda los recorrer los parajes naturales que delimitan las provincias de Salamanca y Cáceres

29.03.2016 | 16:55
Un Jueves de Pasión apasionante
Un Jueves de Pasión apasionante

La monotonía es una telaraña que te atrapa anulándote la creatividad, pues para ella la falta de variedad es su triunfo. Estoy de acuerdo con Picasso cuando dijo que el arte es la mejor forma de sacudir el polvo de la monotonía, yo añadiría además del arte la naturaleza.

Así pues, el jueves de pasión, nos fuimos 4 amigos a poner en práctica nuestra pasión particular y de paso sacudir la monotonía subiendo y bajando cumbres, recorriendo valles y pueblos.
Elegimos una ruta de gran calado y calidad, la ocasión la merecía, pues desde el verano no habíamos vuelto a coincidir y una parte importante de los viajes  se la lleva la ilusión de los preparativos.

Madrugamos para comenzar a sentir cuanto antes el sinfín de sensaciones que a lo largo del día te deparan estos parajes naturales que delimitan las provincias de Salamanca y Cáceres. Circulando entre encinas por la carretera, el sol se esforzaba por hacernos compañía, dibujando entre las ramas un espectáculo de luces y sombras difuminado por la neblina aún presente del cercano amanecer.

Llegar hasta el punto de salida con el coche, es una tarea que lleva su tiempo, pues hay que circular por carreteras estrechas con curvas pronunciadas, además de que las ganas de salir a caminar apremian. Al salir del mar de encinas, el claro del paisaje nos deslumbra con una impresionante vista de toda la sierra, a esas horas teñida de un azul grisáceo que uniformiza su relieve, dejando su contorno como un trazo de lápiz muy fino. La “guadaña” de Valdespino, pradera natural de gran calidad con gran densidad de vacas pastando, nos va anunciando poco a poco la aparición de la pizarra que como  azada invisible se encarga de que no aparezca el suelo. 

Cruzamos el risco de Martiago, el pueblo de Ángel, que siempre nos deleita, refrescando sus idas y venidas por estos territorios, tan cercanos y tan lejanos en su memoria.

Dejamos el coche en el puerto, la línea divisoria de provincias y comunidades. El día prometía hermoso, la primavera nos saludaba con un concierto impresionante de sensaciones, sólo nos quedaba abrir al máximo nuestros sentidos, lo demás  sólo era cuestión de observar y disfrutar a pesar del sufrimiento.
Comenzamos calentando las piernas, bordeando la primera dificultad montañosa por un camino entre pinos que permite divisar enormes extensiones de pinares, que a pesar de todo, han conseguido sobrevivir a los temidos incendios que constantemente los amenazan todos los veranos. Estos caminos nada tienen que ver con las nuevas pistas y cortafuegos trazados por las máquinas que se han llevado tantas cosas por delante, pero que permiten a los caminantes llegar hasta cumbres hasta ahora bastantes difíciles de coronar.

En muy poco tiempo alcanzamos la base de la Bolla Grande, ante nosotros un kilómetro con rampas de mucho desnivel, que coronamos en 20 minutos. El día ya había merecido la pena, la primera estación de nuestra pasión una vez más era impresionante, cielo azul, valles y montañas en un mano a mano para destacar entre sí, algunas recurriendo a la nieve, pantanos a rebosar, el silencio sólo roto por un cuatro por cuatro con falsos senderistas llegados a hacerse la foto del  yo estuve allí.

Nos dirigimos hacia el sur por la cumbre buscando un camino colmenero que nos permitiera bajar a las Hurdes, gracias a Chema, pateador incansable de Internet, preparador minucioso de las rutas, dimos pronto con él. Las pizarras colonizadas por los líquenes verdes, iluminadas por el sol de mediodía, bajo un cielo azul intenso nos acompañarían toda la bajada.

El camino de circunstancias, desbrozado de brezos y jaras, había sido acondicionado para una ruta benéfica y sufridora. La vista debía trabajar de lo lindo para asimilar tantas sensaciones, los desgarros de la ladera de la Bolla, al fondo la cadena de Gata hasta la Peña de Francia, La sierra de Béjar cubierta de nieve, el río Esperabán con sus coquetos huertos donde los frutales aún se resistían a mostrar su mejores colores, y todo esto sin perder de vista el suelo con cierto peligro con puñales de pizarras apuntando al infinito.

Las jaras, el tomillo, los enebros y la resina de los pinos formaban una mezcla de olores que constituían el combustible para el olfato. El silencio impresionaba, pocos cofrades se habían atrevido a surcar ese sendero, las lagartijas silenciosas por el suelo y los buitres por el aire marcaban aún más un paisaje sobrecogedor.

En el Castillo repusimos fuerzas, además de contactar con los vecinos de estas tierras, que como siempre muestran la mejor cara a los forasteros, da gusto verlos disfrutar contando lo que saben y si no lo saben se lo inventan. Gracias a ellos, reseteamos la ruta, en el plano no se ven las rampas imposibles que tienen los caminos y en ese punto las piernas ya llevaban unos kilómetros.

 

Llegamos a Las Erías por un camino idílico paralelo al río, que bajaba con bastante caudal, escuchando el murmullo de sus aguas, era la hora de la siesta y a pesar de no dormirla nos relajó bastante, preparándonos para afrontar la última etapa. Decidimos utilizar la pista para regresar, organizados como pelotón ciclista, a veces con más fe que fuerza en las piernas, fuimos haciendo relevos, sin paradas pero sin pausa, para alcanzar cerca de las 7 de la tarde el ansiado descanso en el coche. Desde la cicatriz enorme que la pista le ha infringido a la ladera, podíamos  divisar constantemente todo el valle del río Esperabán, la caída del sol hacía un trabajo pictórico espectacular, jugando con las luces y sombras como nadie sabe hacerlo.

Respiramos los cuatro muy hondo al caer desparramados en los asientos del coche. Bajando hacia Martiago comentamos el día tan maravilloso que habíamos compartido, y aquí la amistad es el condimento especial para saborear estos manjares.

 

En un momento, comento que solo nos ha faltado ver la puesta de sol y la salida de la luna que por estas fechas impresiona cuando empieza a levantarse. Cuál sería mi sorpresa, que al llegar al cruce, Jesús gira a la derecha y nos regala una ruta en coche espectacular. La tarde se resistía ante la noche, la luz del oeste iluminaba toda la sierra, subiendo la pista de Esperabán A cámara lenta, disfrutamos de unos momentos difíciles de repetir. A la derecha el sol se iba colando entre pinceladas de nubes de colores hacia Portugal, a la izquierda la parte más agreste de Gata parecía crecer, transformándose los picachos en capirotes de nazarenos con la túnica formada por el velo prematuro de la noche que  tamizaba los valles hasta el pueblo de Las Vegas.

 

Cuando la barrera del día y la noche era cada vez más difusa, alcanzamos la barrera de Extremadura, otra luz, otro paisaje y sobre todo otra carretera. Para salir de ese espacio sobrecogedor, recorrimos las Hurdes hacia el oeste. Al llegar a La Fatela, la luna llena de color rojizo nos recibió en pleno ascenso, como si al niño se le hubiera soltado de la mano, acompañándonos con su lento ascenso hasta Ciudad Rodrigo. Gracias Jesús por ese regalo que nos diste, fruto de mi penitencia, en ese jueves de pasión, que procesionamos por unos parajes maravillosos.

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