Pueblos de Salamanca

Navegando en un mar de encinas por tierras de Azaba

Los aficionados a las rutas no deben dejar de visitar su entorno

13.06.2017 | 12:56
Navegando en un mar de encinas por tierras de Azaba

Las escasas lluvias de mayo, hacen auténticos milagros en la floración de las plantas. Las agradecidas amapolas, rápidamente marcan su territorio, delimitando claramente las parcelas con sus lindes rojas. Los caminos se tiñen de morado, pequeñas flores diminutas se apresuran a tapizar unos días el espacio que queda entre las roderas de los caminos para hacerse notar.

A ambos lados del camino, los jaramagos pintan de amarillo demasiadas parcelas baldías, donde en algunas, pasta el ganado. Caminando hacia Carpio de Azaba, pensaba que mayo es el mes del rojo y amarillo, la bandera de España  y el morado del pendón de Castilla y León. Banderas que tan solo salen a ondear en las fiestas de los pueblos, de ello daban fe en Carpio, cuyas fiestas se habían celebrado recientemente.

La antigua carretera nacional 620 es una buena vía para ciclistas, cogerla en dirección a Portugal te lleva por una penillanura rota por regatos, la vía, pequeños altozanos de hierba ya amarillenta, devorado ya el verde por la pertinaz sequía.

Llegué a Carpio, puerto de embarque hacia el mar de encinas, que deseaba  surcar como  naufrago a la deriva,  siguiendo la estela de caminos y  roderas por donde se movieron  caminantes, carros y carretas.

Dejando atrás el cementerio, el camino te lleva directamente a perderte y disfrutar de un maravilloso paisaje de fincas recubiertas por encinas centenarias. Aldeanueva, Hincapié, Pascualarina, Martihernando,Las Carboneras, son algunas de las fincas que forman este mar de encinas, que la rivera de Azaba se encarga de que tenga un poco de agua.  Quizás le impresionase en su momento a  Miguel de Unamuno, gran aficionado a pasear entre encinares, dedicándole un precioso poema que empieza con esta estrofa:

En este mar de encinas castellano
los siglos resbalaron con sosiego
lejos de las tormentas de la historia,
lejos del sueño.


Fincas donde su economía siempre ha girado en torno a la encina, sus trabajadores, sus pueblos, sus labores, corta de leña, carbón, la montanera.. Me llevó el camino hasta Aldeanueva, el paso del tiempo ha dejado en estado ruinoso un conjunto de casas y sus dependencias para el ganado, que en su tiempo parecía más un pueblo que una finca.

Perdido por este mar vegetal, no puedo menos de acordarme de  nuestra querida abuela Mari. Este es su terreno, aquí pasó gran parte de su infancia y juventud. Cuántas veces recorrió este mismo camino que hoy recorro por placer y ella lo hacía sobre todo para ir a la escuela. Cuántos madrugones estratosféricos para coger el coche de San Fernando, "un rato a pie y otro andando", para ir a la escuela, hiciese frío o calor, con lluvia o nieve, donde doña Nuncia la recibía siempre con los brazos abiertos y la estufa encendida para calentarse.

¡Qué bonita historia de alumna  motivada y maestra deseando enseñar!  Hoy cumple 91 años, a pesar de que su memoria a veces le pasa malas jugadas, los recuerdos de estos caminos y especialmente la escuela y su maestra nunca se le olvidan.

A pesar de que tenía buenas aptitudes para el estudio, la falta de recursos económicos no le permitieron hacerlo. Pronto pudo demostrar sus capacidades, aprendiendo rápidamente los conocimientos y las habilidades necesarias para desenvolverse en el complicado mundo de la ferretería.

Hoy los caminos están demasiado delimitados por balizas de alambre de espino, por porteras que frenan en seco la navegación. El valle de la rivera, ha permitido a los enormes fresnos ganarle la partida a las encinas, sus escasas aguas y arbustos, servían de refugio esa mañana a un grupo de vacas a las que  la mosca las había enfurecido mientras comían el poco pasto verde que quedaba.

Deambulé entre encinas, donde vacas, cerdos y cercados,  se han convertidos en dueños y señores de estos territorios, desterrando a vaqueros, porqueros, pastores, cabreros, cortacinos, criados de la labor? Es difícil ver presencia humana en estos  bellos parajes, hasta los trenes que pasan sólo llevan mercancías para abastecer otros mercados, otras fábricas, por aquí pasan de largo.

Regresé al mismo puerto ante las dificultades que presentaba la ruta elegida hacia el este para arribar en Pascualarina, dejando atrás un mar tranquilo, donde las abejas trabajaban afanosamente para conseguir el máximo de néctar, donde la presencia humana no aparece por ningún lado, donde los cerdos surfeaban en el barro de las charcas, donde su belleza te facilita "pensar en las musarañas".



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