Pueblos de Salamanca

Un testigo mudo, con mucho que contar

El puente de Alba de Tormes ha vivido en primera persona los avatares de la villa, desde su auge comercial, hasta las batallas que tuvieron lugar en su entorno

25.04.2016 | 17:28
Puente de entrada a Alba de Tormes.
Puente de entrada a Alba de Tormes.

No sabemos a ciencia cierta el origen del majestuoso puente que salva el cauce del río Tormes para permitir el acceso a Alba por la entrada principal, si bien estimamos que existiese un puente ya desde época romana que comunicaba ambas orillas del rio y sobre el que discurría un ramal de la Calzada de la Plata que unía Piedrahita con la ciudad de Salamanca. El puente actual data con toda probabilidad de los tiempos de la repoblación efectuada por el conde Don Raimundo de Borgoña.
 
Emblema de la villa que aparece ya en el siglo XIII formando parte de su escudo, se trata de una sobresaliente obra de ingeniería medieval que enlazó las dos orillas del Tormes. Así, Alba de Tormes, surgida como villa-puente en función de control de paso sobre la red viaria, se convierte en un núcleo de gran importancia donde confluyen varios caminos que buscan por este puente el paso del río. Su importante situación estratégica hace que durante los siglos XII y XIII adquiera un papel primordial como avanzada de León frente a Castilla, siendo escenario de innumerables batallas y escaramuzas.
 
El puente, a su vez, constituye un lugar de atracción para citas mercantiles, transformado la villa en un activo foco comercial en el que se instituye, ya en el siglo XIII, una importante feria que atraía un sinnúmero de gentes. Allí, además, confluían varias cañadas, cordeles y veredas de ganados de la mítica Mesta, utilizados por los rebaños trashumantes de ovejas merinas que durante el verano se dirigían desde las tierras extremeñas a los verdes pastos de las brañas asturianas. Éstos atravesaban la villa para discurrir por el puente y alcanzar en Salamanca la Cañada Real de La Vizana o de la Plata, principal arteria que recorría el occidente peninsular.
 
En el siglo XVI el grabado de Anton Van den Wyngaerde muestra en la extremidad oriental y en la margen izquierda del puente una modesta construcción sobre pilares. Este edificio era el Peso de la harina que servía para el control de las mercancías que circulaban sobre él. A su salida destacan una especie de humilladero y una pequeña capilla dedicada a San Lázaro.
 
Ya por entonces, casi a la mitad de su longitud, se tendía la “Quebrada”, una rampa que servía de contrafuerte y permitía el descenso a la isla que se formaba en la mitad del rio, utilizada por las criadas para bajar a por agua o a lavar y por los ganaderos para abrevar el ganado. La isla quedó cubierta a raíz de la construcción del Azud de Villagonzalo, quedando esta bajada en lastimoso estado de abandono.
 
Un dato curioso ofrece Girolamo de Sommaia, joven florentino estudiante en Salamanca que realiza una visita a la villa ducal en abril de 1604, pues, según se desprende de su diario, el viaducto se conocía entonces como Puente de San Jerónimo.

 
 
Construido en sillería de granito sobre buena cimentación, la longitud del puente se salvaba mediante 26 arcos, todos ellos diferentes, con tímpanos macizos y pretiles de mampostería con albardilla redondeada que garantizaba la seguridad de los peatones. Este sólido puente ha resistido el embate de los siglos. Sin embargo de su fábrica primitiva poco se puede rastrear en la construcción actual, ya que debido a los avatares de la historia ha sufrido numerosas destrucciones (por causas naturales y humanas), siendo reparado en multitud de ocasiones desde la edad Media.
 
La invasión napoleónica causó también importantes efectos en él. En 1912 dos de sus arcos fueron volados por las tropas hispano-británicas para evitar que los franceses lo utilizaran para perseguirles, aunque posteriormente fueron reconstruidos. En 1827 se reedificaron los pavimentos alto y bajo y a sus extremidades se levantaron dos rampas que posibilitaban un cómodo acceso para los carruajes, para los que hasta el momento se encontraba intransitable. Sabemos que por esas fechas, primera mitad del siglo XIX, ya no existía la capilla de San Lázaro ni el humilladero, si no que en el solar de este último se levantaba una pequeña ermita dedicada a Nuestra Señora de la Guía, patrona de los caminantes que por la vía de la Plata se dirigían a Santiago de Compostela.
 
Entre 1868 y 1871, de nuevo se tiene que reparar la el puente, obras que supervisaría el arquitecto José Secall. Por entonces, a un cuarto de longitud, junto a la Puerta del Rio, se habían abierto a ambos lados del pretil una especie de miradores semicirculares.
 
En las primeras décadas del siglo XX se realizan obras para ensancharlo, eliminando el pretil de piedra, dotándolo de aceras y colocando la barandilla de fundición que aun hoy ostenta. Por aquella época también se construyen las explanadas de carreteras que se extienden a ambos lados. Para ello, la ermita de Nuestra Señora de la Guía tuvo que ser expropiada y derribada, a la vez que se eliminaron dos de los arcos del extremo occidental y otro en el extremo oriental, sepultado bajo el cruce de carreteras de la Puerta del Rio.
 
Profundamente transformado y mutilado, desafiando al tiempo y a la historia, el puente se nos presenta hoy como una magnífica obra medieval con los posteriores aditamentos de reconstrucción citados. Actualmente consta de 23 arcos desiguales que salvan una longitud de 276 metros, alternando los de medio punto con otros de tendencia apuntada. Uno de estos arcos se denomina “ojo de los siete hermanos” en alusión a una vieja leyenda local según la cual bajo ese arco murieron ahogados hasta 7 hermanos empeñados en coger un barbo.
 
Símbolo de sus múltiples reparaciones son sus irregulares tajamares apuntados (uno semicircular) y sobre todo sus enormes pilas, alternando las cuadradas con las apuntadas y alguna redondeada. Sobreviviendo a los avatares del tiempo el puente conserva hoy día la monumentalidad y la belleza que ha mostrado en otros tiempos, perviviendo como testigo mudo de nuestro día a día.
 
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