La Hastiala, una cima con dos caras

En encanto de realizar una ruta hasta el pico más alto de la Sierra de Francia, contado y retratado por un aficionado al senderismo

14.09.2016 | 19:05
La Hastiala, una cima con dos caras

No tuve más remedio que acercarme a conocerla, pues llevaba un tiempo colándose por la ventana, ya se sabe que una vez que dejas pasar a un invitado a tu casa, lo menos que debes hacer es conocerle. En este caso, fue ella, la que sin permiso se metió en nuestra casa, haciéndolo de forma especial al amanecer, cuando al levantar la persiana, el sol consigue superar esa barrera natural que impide que desde Ciudad Rodrigo no veamos la Peña de Francia.

Es la Hastiala la máxima elevación de la Sierra de Francia, superando a la Peña, con dos caras bien diferenciadas, una al oriente, más panzuda y convexa, quizás para que los rayos del sol del amanecer reflexionen en su ladera pedregosa e iluminen cuanto antes la Peña y el valle del Agadón; la otra está al poniente, tiene forma de concha, es cóncava quizás para almacenar los últimos rayos de la tarde, haciendo honor a su nombre, pues en los meses del duro invierno esta cara es un hastial muy cotizado.

La conocí por primera vez hace dos años, subiendo desde el Pinarejo hasta lo alto del Copero, y desde allí con Alicia, adaptándonos al entorno, recorrimos toda la cresta que la bordea hacia el este como auténticas cabras. Esa mañana, me pareció un recinto deportivo, muy parecido a la Peineta madrileña, antes de que las necesidades del fútbol hayan terminado con su encanto arquitectónico. Difícil caminar por la divisoria, no por la dificultad física, sino por tener que atender a tantos estímulos visuales en todas las direcciones, tantas cumbres, tantos valles, tantos pueblos, tantos horizontes lejanos teñidos de amarillo veraniego.

Cuando alcanzamos la cumbre, nos sentamos en la grada principal, las cabras hacían sus piruetas sobre los canchales, como si se tratara de sus juegos olímpicos, los buitres sobrevolaban el cielo deleitándonos con su planear único, las escasas nubes blancas se estiraban para completar el escenario. El enorme pedregal de tonos distintos gracias a la colonización de los líquenes, roto a veces por retamas y brezos, ofrecía un paisaje digno de admirar desde la grada, dispuesta a ver atardeceres de ensueños y lunas de agosto que levantarán más de un canchal.

Regresamos como pudimos, alcanzando gratamente no sin esfuerzo, el camino de cabras que nos llevó en volandas hasta la puerta de salida del estadio.

El lunes pasado he vuelto a la Hastiala, recorriendo el trayecto desde el paso de los Lobos hasta su cumbre, he comprobado que para subir a esta cima maravillosa, se suba por donde se suba, hay que buscarle demasiadas cosquillas. En la montaña, como en la vida, nada es como parece, y aquí tratándose de distancias y dificultades la cosa se amplifica. Al salir de Tamames por la carretera del Cabaco, impresiona el recorrido que pienso hacer, La Peña y la Hastiala en los extremos hacen de la sierra una góndola auténtica, subiendo y bajando sus cumbres, bien simulaban su bamboleo en las aguas. Demasiado trayecto real, para la poca distancia que había visto en el mapa.

Al llegar al paso de los Lobos, inicio de la ruta, el escenario sobrecoge, por su espectacularidad, el valle del Agadón verde entre los pedregales de las laderas, la mole rocosa de la Peña, auténtico mirador impasible del entorno, al frente la cuerda interminable que une con la Hastiala.

Mi intención, era precisamente recorrer las crestas de la cuerda hasta la base, pero muy pronto topé con uno de los regalos más altruistas que hacen los amantes de disfrutar de la montaña: un camino reciente, con sus correspondientes hitos – que contribuí a aumentar – bordea la cumbre, ofreciendo unas vistas espectaculares de un complejo rocoso con mucha carga imaginativa. El camino discurre entre los numerosos pedregales que constantemente te van poniendo a prueba las piernas y especialmente las rodillas. Es un arte el moverse saltando de roca a roca y tiro porque me toca, siendo yo el único jugador, me tocó siempre, apenas se mueven cuando pisas o saltas sobre ellas, a veces emiten un sonido agradable, más parecido a un silbido suave que a un quejido lastimero.
La mayoría de ellas están perfectamente asentadas unas sobre otras, dando gusto saltarlas sin moverse, los vientos, el agua y especialmente el peso de los años las han unido con un cemento invisible: el tiempo.

La mañana era excelente para disfrutar del paisaje, acompañado del silencio y mi soledad, ocupé mi tiempo ubicando las moles de piedra talladas por el viento, tan pronto eran casas colgadas como bloques de pisos ideados por arquitectos vanguardistas, esculturas mirando al sol con sus caras afiladas por el viento y el pelo perfectamente peinado. Al llegar a la base, la subida se convierte en derroche de sentido común y suerte, girar a la derecha o la izquierda te puede llevar a un callejón sin salida o a una puerta por donde avanzar muchos metros sin darte cuenta.

Como siempre, a las cumbres se llega después de mucho esfuerzo, a ésta especialmente, pero siempre merece la pena, el horizonte infinito que se divisa nos compensa. No había cabras como la vez anterior, a la bajada estaban cerca de la carretera, quizás se estén haciendo urbanitas o la comida fresca le apetezca más que la poca comida que queda en las cumbres.

La bajada, la hice dando pequeños saltos, buscando la mejor opción, desde lo alto tuve claro que debía atrochar para buscar la carretera, empresa un poco complicada cuando has bajado y te topas con pequeñas manchas de robles, retamas y brezos imposibles algunas de traspasar. La carretera es más cómoda para las piernas, pero mucho menos divertida. Bordeando el valle del río, los 6 km de asfalto se hicieron menos aburridos. Terminé saboreando el recorrido que había hecho desde el mirador, con ello, el cansancio se borró y la próxima ya ronda por mi cabeza.

Paré en un bar de Monsagro a orillas de la carretera, la chica simpática que me atendió se quejaba de la poca gente que visitaba estos parajes tan bellos donde a la vida humana parece que le hayan puesto fecha de caducidad.

Comenzaban ese día los niños la vuelta al cole, por estas tierras hace años que la matrícula escolar dejó de formalizarse, ¡una lástima!

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