Misiles

17.04.2018 | 04:45
Juan Mari Montes

Resulta difícil explicarse la extraña fascinación que provoca en los grandes mandamases del mundo, y especialmente en aquellos un poco más tarados de lo normal, el misil, con diferencia su armatoste preferido, el juguete que enarbolan con obscena chulería ante el mundo como el mejor atributo del poder. Y obviamente, al tiempo que lo ensalzan, lo enaltecen, lo lisonjean, les priva amenazar con usarlos. Recuerden, por ejemplo, la extraña felicidad y el desborde de testosterona, adrenalina y endorfinas que parece chorrear por el rostro del dictador Kim Jong-un, cada vez que se sienta a contemplar como una puesta de sol el estallido de sus pruebas con misiles allá en el cielo de Corea.
"Rusia promete derribar todos los misiles disparados contra Siria –escribía esa otra cabeza de chorlito que es Donald Trump, hace unos días en su cuenta de Twitter-. Prepárate Rusia porque van a ir, bonitos y nuevos e inteligentes". Esta vez cumplió la amenaza sin esperar a ver qué decían los informes de los investigadores de la ONU tras el supuesto ataque con armas químicas. Desde luego, lo que no parece trabajar mucho a favor de la legitimidad de los bombardeos de Donald Trump, son estos excesos verbales de macarra el celo con que se manifiesta el presidente de Estados Unidos, ni la mejor forma de sumar aliados a una causa que en cualquier caso es probable que acabe, como sucede a menudo con estos episodios de guerra supuestamente disuasoria, causando muchas más víctimas inocentes y daños colaterales de las que sin duda estaban previstas.

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