Rajoy junto a Viriato

15.04.2018 | 04:45
Julián Ballestero

Vino ayer Mariano Rajoy a Castilla y León a lamerse las heridas de la última semana plagada de disgustos para el Gobierno y para el PP. En Zamora, aquí al lado, conjuró sus fantasmas y se imbuyó del espíritu del guerrillero Viriato para devolver golpe por golpe los trastazos que le han deparado el destino y Albert Rivera.
Para espantar másteres y puigdemones, nada mejor que un buen ataque a la formación naranja, la que le come a grandes bocados los votantes, antes del espectáculo de un biensonante plan contra la despoblación sin plan.
A Rivera lo despachó de dos estocadas certeras, las dos en el mismo flanco: el de las olvidadas propuestas de Cs para acabar con los pueblos pequeños y las diputaciones. Ahí le duele al líder de los naranjitos y más le duele a sus representantes en la tierra castellana y leonesa, que han tenido que comerse con patatas sus programas fundacionales y ahora viven de y en las corporaciones provinciales y los pequeños ayuntamientos.
Satisfecha la sed de venganza por el arreón de Rivera en Madrid con motivo de la titulitis de Cifuentes, Rajoy descorrió la cortina de su plan contra la despoblación, que para empezar no es un plan, sino una pareja de medidas de desigual alcance. Y viene a cuento lo del plan porque en la Conferencia de Presidentes de enero de 2017, el titular del Gobierno de la nación se comprometió, además de aprobar una nueva financiación autonómica, a poner en marcha un plan contra la despoblación antes de finalizar el año.

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