La historia de un conflicto interminable

27.03.2018 | 04:45
Marta Robles

No sé si les pasa a ustedes pero a mí, tras la detención de Puigdemont, las informaciones sobre Cataluña no me hacen ni efecto, de tan repetitivo que me resulta el argumento. Es verdad que ahora la cosa se ha "animado" –y vamos a dejarlo así que me llevan los demonios-, y en las calles catalanas cada vez hay más disturbios, lloros y reivindicaciones de libertad (hasta en el Liceo. Como lo leen); pero más allá de que el asunto Puigdemont se hubiera convertido en puro espectáculo desde hace tiempo, lo que hemos vivido de postre –aunque me temo que aún quedan más platos en este menú- ha sido la crónica de una detención anunciada, se ponga quien se ponga, como se ponga. ¿O acaso alguien pensaba que el ex president podría andar toda la vida de país en país europeo y tiro porque me toca, mientras en Cataluña las cosas siguen sin solucionarse y sus adláteres van entrando uno tras otro en la cárcel? El asunto terminó de ponerse serio con Marta Rovira, que vio asomar la sombra de la prisión, que siempre es alargada, y se marchó. Pero a su barco no le llamó libertad, como diría el otro, porque el mundo global acaba siendo también una cárcel, como ha podido comprobar Puigdemont. Vaya por delante que yo, sin creer que existan presos políticos en España y aun estando de acuerdo con que hasta los políticos puedan ser apresados si les corresponde estoy más que podrida con tanta prisión preventiva y no entiendo esas posibles condenas de tantos años, si las comparo con las de violadores y asesinos que han estado entrando y saliendo de la cárcel como Pedro por su casa y con penas incomprensiblemente menores.

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