Las matanzas

11.02.2018 | 04:45
Román Álvarez

Todavía estamos en época de matanzas, aunque un poco más tarde de lo que los calendarios señalaban antiguamente y que tenían como referencia a san Martín. Las heladas, tan imprescindibles para una buena curación, ayudan estos días de tan bajas temperaturas. En los medios hemos visto cómo muchos pueblos dedican una o varias jornadas a oficializar un ritual que está en trance de desaparecer o ya totalmente periclitado. Esta celebración del festín matancero tiene la doble virtud de servir, por un lado, de ilustración a las nuevas generaciones que piensan que el jamón brota de un envase al vacío adquirido en el supermercado; y, por otro, de velar por que no se pierdan unas costumbres que, aunque atemperadas por los avances tecnológicos y la normativa contra el maltrato animal, contribuyen a que no se pierda el sustrato tradicional que tanto ha hecho por la supervivencia en los duros e ingratos medios rurales. En ellos el cerdo doméstico, callejero y hozador, nada tenía que ver con el que nos muestran escalofriantes documentales en torno a la estabulación en granjas y naves donde el noble animal padece todo tipo de torturas en aras de un óptimo rendimiento.
No es ese el recuerdo que yo tengo del gorrino que se movía por las calles del pueblo. Ni tampoco del sacrificio al que debía someterse al cabo de su ciclo vital. Para empezar, disponer de un cerdo era asegurarse el sustento, sobre todo si estaba gordo y cargaba en tocino, porque el magro daba para poco y era preciso racionarlo. La alimentación del cochino no suponía mayor problema.

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