Soplo de frescor al atardecer en la Vera Cruz

09.02.2018 | 04:45
Soplo de frescor al atardecer en la Vera Cruz

Podía ocurrir a cualquier hora, por la mañana o por la tarde, en invierno o en verano, siempre. Cuando alguna vez pasaba cerca, no resistía la tentación y entraba en la capilla de la Vera Cruz. Y siempre me encontraba con la misma experiencia: un ámbito de silencio y oración, en presencia del Santísimo, acompañado por una o dos religiosas contemplativas, que no dejaban nunca solo al Señor, y en los bancos siempre varias personas, unas de rodillas, otras sentadas. Al observarlas, me daba cuenta de que algunas rezaban, pero otras permanecían en silencio, meditando o descansando de los problemas que traían de fuera, arrojándolos de su mente, encontrándoles algún sentido. La Vera Cruz era el ámbito de oración y contemplación más recoleto de Salamanca, destino indefectible de muchas personas que allí se encontraban con Dios o allí lo buscaban, en el silencio, tras el anhelo de plenitud. Pero ahora se ha perdido, qué tristeza.
Aquella experiencia solo la conocían quienes se acercaban a esa capilla. ¿Cuántos? Muchos, pero eso tampoco tiene demasiada importancia, y esos son los que no entienden que ahora no puedan acceder a ella cotidianamente. Las monjitas se han ido de la Vera Cruz, yo no sé por qué, pero ya no están aquí y con ellas se ha ido la posibilidad de un encuentro privilegiado con Dios en un ámbito distinto, que atraía a los amigos del silencio y de la paz interior, tan inusual en el mundo que nos rodea.
Durante años pensé que la cofradía, titular del templo, prestaba el mejor servicio posible a quienes, de una u otra forma, buscaban la trascendencia entre los muros llenos de belleza que la albergaban. En ese mundo de la religiosidad popular, lleno de luces y sombras, había entrado hace 65 años una experiencia auténtica de fe a través de la contemplación orante de aquellas monjas revestidas con su hermoso hábito blanco, tan sugerente, a cuya llamada acudían desde creyentes fervorosos a hombres y mujeres necesitados de sentido, que encontraban ante el cuerpo de Cristo expuesto y adorado, en un clima de silencio.

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