La cabeza de Goya

07.02.2018 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias

Son como son y no se puede esperar otra cosa de ellos, que van y vienen por el mundo como si los demás, los que no somos del gremio, estorbáramos, cuando somos los demás, es decir, los que estorbamos, quienes les damos de comer. Imagínense que nadie les hiciese puñetero caso y no fueran a ver sus películas —subvencionadas con fondos públicos, o sea, con dinero de los demás, salvo algunas rarísimas excepciones que honran a quienes asumen el riesgo del negocio, películas que no valoro si son buenas, malas o regulares, porque de todo habrá—, si eso ocurriera no se comerían una rosca y acabarían todos currándose la vida como los demás o en el paro, destino laboral que no deseo a nadie.
Me refiero a la tribu que puebla el mundo del cine, a esa que un día al año se reúne en torno a sí misma para marcarse una fiesta a lo grande, montada a su gusto, estilo y medida, tan marcadamente propia que repiten de un año para otro el mismo coñazo.
No hay forma de que cambien de chip y se monten algo original, pensando menos en ellos y un poquito más en quienes les deben lo que son y lo que tienen, algo que además impida la decepcionante sensación de haberlo visto y oído antes en otro lugar o en otro momento. Se despacharon a gusto con las mismas ocurrencias que dejaban entrever el mal rollo que en el fondo domina el ambiente un tanto decadente de este colectivo que se ampara en la apariencia y en la fantasía para existir.

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