Pastel de liebre

13.01.2018 | 04:45
Pastel de liebre

Torcuato Fernández Miranda, a quien tanto debe España, decía que no deseaba hacer de la transición un pastel de liebre sin liebre. Ahora, en Cataluña, hay insensatos que lo pretenden. Hacer un pastelón entre separatistas para birlar a Ciudadanos su victoria y celebrar una investidura sin investido, en un debate y votación sin la presencia física de Puigdemont. Es como ese engendro que llaman bautizo civil, o una Cabalgata de Reyes Magos sin Reyes. Y es que estamos en una etapa desquiciada del "sin": cerveza sin alcohol, tortilla sin huevos, Belén sin niño, toros sin picar - banderillear ni estoquear - y hasta marcarse un sinpa, o sea irse de un establecimiento sin pagar. Uno es del "con". Antes se decía que no hay parto sin dolor ni hortera sin transistor. Bueno, pues el Puchi, prófugo, es la liebre que alcanzó su perdedero, Bruselas y se salvó momentáneamente de la escopeta.
Sin embargo ese fugitivo no se parece a una rabona, como aquel yerno del ganadero Atanasio Fernández que bautizaron "Caraliebre", porque su rostro era muy semejante. Como Camila, por mote "la lepórida", de "El camino" de Delibes, que "tenía el labio superior plegado como los conejos y su naricita se fruncía y distendía incesantemente como si incesantemente olisquease" (no quiso casarse con el maestro, rostritorcido, porque tendría que besarle en la oreja, y el herrero terció alegando que eso sería menos desagradable que besar – jajaja - los hocicos de una liebre).
A mí me gustó antaño cazar liebres, y cuando colgué la escopeta más de una saltó de noche, ante los faros, por las callejas cercanas a Esteban Isidro y sucumbió. También me gusta comerla, aunque no es fácil encontrarla guisada. Aprovecho cada año una invitación amistosa a una finca extremeña de La Raya, para degustarla con arroz, en un pueblecito portugués (Sever), y en una entidad de Valencia de Alcántara que tiene el rupestre pero sugestivo nombre de Aceña de la Borrega. Nunca he sabido, ni averiguaré, si las liebres, guisadas estupendamente con arroz a ambos lados de la Raya, son portuguesas o españolas. Yo creo que son apátridas, pueden comer en una nación y encamarse en otra. Pero no se trata de liebres jóvenes (como la de Durero que admiramos en la Casa Lis hace años), sino de auténticos matacanes, veteranas en el arte de mimetizarse con el terreno, dejar en ridículo a los cazadores inexpertos y sortear a los perros, porque su carne es oscura y han sobrevivido incluso a los furtivos locales. Eso sí, un día, aparece un diestro que – como en el "Libro de la caza menor" de Delibes - "se agacha, pone a orinar a la liebre, luego la apiola y la cuelga de la percha". La rabona llega desollada a los figones de la cocina rural donde se guisa. Y como dice el maestro castellano, ante cuya prosa me quito respetuosamente el sombrero, "pocas carnes recatan el gusto de monte, el gusto bravío y montaraz, unos matices tan ricos, variados y sutiles como la de la liebre".

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
La Gaceta de Salamanca On-line Modif.
© Grupo Promotor Salmantino, S.A.
Avenida de los Cipreses, 81. 37004 Salamanca (SALAMANCA).
Tlf: 923 125252 Fax redacción: 923 256155
Aviso legal  |  Política de cookies