Cataluña, una sociedad enferma

24.12.2017 | 04:45
Cataluña, una sociedad enferma

Las lecciones del pasado jueves revelan todos los síntomas de una sociedad gravemente enferma, la catalana. Y la dolencia más grave que padece esa sociedad no es la división en dos colectivos irreconciliables, sino el cáncer de odio que afecta al corazón de uno de los dos bandos enfrentados en las urnas, en la calle y en los hogares de Cataluña. El odio a España y el resentimiento contra el resto de españoles, por falsos agravios y por el empeño en romper cinco siglos de vida común sobre la base de mentiras flagrantes y la tergiversación sistemática de la historia.
El apoyo mayoritario a tres opciones que representaban la continuidad de la barbarie independentista, lideradas dos de ellas por presuntos delincuentes, autores del mayor ataque a la democracia en España desde hace cuarenta años, y la otra formada por anarquistas conjurados para destruir nuestro sistema de derechos y valores, confirma el carácter patológico de los resultados del 21-D.
El virus del rechazo furibundo a todo lo español y la fiebre irracional que lleva a casi la mitad de la sociedad catalana a colocar el ansia de ruptura con el resto del Estado por encima de la paz, la justicia, el progreso y el bienestar de los ciudadanos no ha surgido de manera espontánea ni responde a hechos objetivos o cuantificables. Nadie con dos dedos de frente puede sostener que Cataluña haya sido objetivo de represión, que haya sido marginada en el proyecto común de todos los españoles o que no haya disfrutado de los mayores márgenes de autonomía conocidos por una región en todo el mundo.
La exacerbación del sentimiento separatista se ha conseguido durante las últimas décadas gracias a la confluencia de dos factores políticos que se han superpuesto para llevarnos al callejón sin salida en el que ahora nos encontramos. Por un lado, el plan orquestado con todo descaro y detalle por Jordi Pujol en 1990 (Plan 2000) para conseguir que los nacionalistas antiespañoles copasen todas las instituciones políticas, económicas, sociales, culturales y educativas, además de los medios de comunicación de Cataluña, con la consiguiente expulsión del Estado de este territorio; y por otro, la estrategia suicida de los sucesivos gobiernos de la nación desde Felipe González, consistente en la continua cesión de competencias y espacios de autonomía, renunciando a la aplicación de las leyes y la Constitución.
Un plan maquiavélico por un lado, y una garrafal falta de visión política por otro, han convertido a la mitad de los catalanes en rehenes de quienes van a utilizar sus votos para persistir en el camino hacia la ruina y la frustración, porque el Estado sigue disponiendo de medios legales para imponer la ley y la cordura, y las consecuencias negativas para la economía se agravarán en la medida en que Puigdemont, Junqueras y otros presuntos delincuentes reanuden el ´procés´.
Como bien decía en la noche del jueves el presidente del PP salmantino, Javier Iglesias, "la pelota está, por desgracia, en el tejado de los separatistas". De ellos depende en buena medida que la normalidad en las elecciones autonómicas, celebradas dentro de la ley y de la Constitución, continúe en los próximos meses por el camino de la ley y la Constitución.

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