Pese a todo, feliz Navidad

23.12.2017 | 04:45
Pese a todo, feliz Navidad

Pasó el Gordo. Nada ha cambiado en mí ni en mi entorno. No me ha tocado ni esperaba que me tocase, juego por tradición y con eso me vale, porque estas fiestas son eso: tradición, en unos aspectos esplendorosa, en otros venida a menos, tanto que el motivo de estas fiestas, que es el nacimiento de Cristo, apenas se tiene en cuenta. Pues a él me agarro y a muy poco más para celebrar como Dios manda este magno acontecimiento. Todo lo demás me aburre, me harta y paso de ello.
También me aburre y me harta, aunque por la cuenta que me trae no paso de ello es el juego político que se traen entre manos a cuento de Cataluña tras las elecciones del 21-D. Los resultados han sido los temidos, una locura que nos lleva al punto de partida, o sea, que lo hecho hasta ahora de poco ha servido más que para empeorar la situación, porque lo de ahora no mejora lo de antes. A esto se le llama hacer un pan como unas tortas y eso en política acarrea un peligro imprevisible y, lo que es aún peor, innecesario. Esto tiene muy mal encaje, tanto peor cuando oportunidades ha habido para poner cada cosa y a cada cual en su sitio y no se ha hecho. ¿Se intentó? Tal vez, pero con tan poco coraje, acierto, astucia (todo esto sin descartar falta de voluntad) y por consiguiente eficacia, que de nada ha servido.
Pues bien, visto lo visto ¿qué hacer? Dicen que no levantar el pedal del 155, como si hubiese hasta ahora servido de algo más que para llegar a donde hemos llegado. O se aprieta a fondo y apretado se mantiene con todas sus consecuencias o no hay nada que rascar. Lo hemos visto, por lo que seguir igual es una temeridad y el momento no es el más oportuno para poner a prueba experiencias temerarias.
Todo esto que estamos viviendo en Cataluña es la consecuencia de un aldeanismo tan arraigado y pertinaz como la sequía que mata de sed los campos y todo cuanto por ellos se mueve, pero con la diferencia de que la de los aldeanos es una sequía sin remedio, porque la otra sequía lo tiene. Con unas cuantas rogativas y esperar a que llueva el problema queda resuelto. No así el de los aldeanos (el aldeanismo se alimenta de sí mismo y engorda sin parar hasta llenarlo todo), por eso lo mejor es encerrarlo en la aldea y que de allí no salga. Pues mientras esto no ocurra seguiremos en las mismas, se voten quinientas veces o ninguna. Se trata de la Cataluña profunda, rancia y aldeana.
El aldeanismo no tiene enmienda y los encumbra hasta donde a nadie (fuera de esos ambientes e influencias) se le ocurriría siquiera pensar. Quien definió a esta gente incorregible de manera magistral fue Unamuno, que como ser humano no todo en él era grandeza y tenía por tanto dosis considerables de mala leche, pero cuando la echaba fuera lo hacía con tanta sabiduría y elegancia que apenas se notaba. Don Miguel se refiere a ellos como catalanes, con lo que generalizaba metiéndolos a todos en el mismo saco. Injusto sí que es, pero también inevitable cuando se busca justicia con la intención de no dejar fuera a nadie. Pues dijo de ellos y lo dejó escrito muy claramente: Valen, sí, pero sería un negocio redondo comprarlos por lo que valen y venderlos por lo que creen valer. Lo escribió el año 1906. Pues en esta pequeña diferencia está el origen de todo esto que estamos viendo, y como no hay quien los meta en razón (sí en vereda, aunque tampoco, porque se caería en la perversidad de lo políticamente incorrecto) pues€ más de lo mismo. Y eso es lo que ha salido de las urnas: más de lo mismo llegado desde lo profundo de esa Cataluña rústica que sigue empeñada en echarse a perder y lo está consiguiendo. Todo lo que el 21-D no fuese una victoria rotunda y clara sobre el independentismo sería renquear y renqueando salimos del trance. Lo de Cataluña no tiene remedio, nunca lo ha tenido y a partir de ahora menos.

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