OT y la chica de la lejía

18.12.2017 | 04:45
OT y la chica de la lejía

Hace tiempo que no vemos por la tele a aquella chica que venía del futuro para demostrar a las amas de casa lo limpias y blancas que quedarían las camisas de sus mariditos y la ropa de sus revoltosos niños. Un buen día, no hace mucho, la reconocí en la cola de la caja del súper. Ya no llevaba el pelo azul, ni blanco, ni aquella ropa extraña de los anuncios de la tele. No pude contener mi curiosidad y le pregunté por su vida con la intención de sacarle información. Me miró con ojos inexpresivos y me contó que le habían despedido de la empresa de lejías durante los años duros de la crisis de comienzos del siglo XXII. No había presupuesto para los viajes al pasado, le dijeron. Lo peor es que el aviso se produjo por comunicación telepática cuando grababa un spot visitando a una señora de Cuenca. Y lo pésimo, que tampoco había presupuesto para volver, así que desde entonces malvivía en nuestra época trabajando como figurante en videos musicales.
Hubo algo de lo que me contó después que quería traer aquí hoy. Por aquellos días en los que le darán la patada en el trabajo, la Televisión Nacional acabará de suspender un programa llamado "OT" en extrañas circunstancias después de dieciocho temporadas de rotundo éxito. Se sorprendió mucho cuando le dije que hoy también tenían mucha audiencia los aspirantes a cantantes. Pero mi mayor sorpresa fue saber que en el siglo XXII los concursantes serán los aspirantes a políticos. Dieciséis prometedores candidatos en representación de los principales partidos encerrados en una Escuela de Dirigentes y sometidos a una exhaustiva formación en diferentes disciplinas: Administraciones Públicas, Historia Universal y de España, Retórica, Economía Avanzada, Instituciones del Mundo, Cultura de Hoy y de Siempre, Redes Sociales, Precios del Mercado, y muchas más asignaturas impartidas por cualificados profesores. Tras un amplio debate, no exento de tensiones, las fuerzas políticas acordarán un día suprimir las elecciones generales y, en su lugar, proponer a sus mejores líderes para ser sometidos a una intensa y variada formación en una peculiar academia de la que cada semana y después de unas pruebas generales de aptitud en todas las materias, será expulsado el aspirante menos aventajado. En el último programa, un debate entre los tres finalistas servirá para designar por votación popular al mejor preparado para presidir el país. La historia de la chica de la lejía sonaba bien y así se lo dije. Pero entonces torció el gesto.
Los partidos políticos que al principio se sumarán confiados a este nuevo sistema de designación de gobernantes no tardarán en sentirse incómodos. En ese revolucionario reality televisivo, los ciudadanos podrán ser testigos de primera mano de las andanzas de los aspirantes desde la mañana hasta la noche. Los micrófonos captarán los cuchicheos, las maledicencias, las conspiraciones. Las decenas de cámaras repartidas por todo el edificio escudriñarán cada sonrisa de complicidad, cada mueca involuntaria, cada bostezo de desprecio.

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