La publicidad

10.12.2017 | 04:45
Román Álvarez

Nadie se libra hoy de los reclamos publicitarios. En torno al apetecible pastel de la publicidad se mueven cantidades ingentes de dinero. Bien lo saben, por ejemplo, las cadenas privadas de televisión, que nunca agradecerán suficientemente el enorme favor que les hizo Zapatero al retirar los anuncios de la tele pública. La publicidad está en todas partes. Gobierno nacional, gobiernos autonómicos, entidades locales y empresas contratan servicios para dar a conocer los planes y proyectos que supuestamente mejorarán la calidad de vida de los ciudadanos. O recurren a los publicitarios para lavar su imagen y difuminar alguna trapisonda perversamente sacada a la luz por la oposición o por la competencia empresarial.
La publicidad como fenómeno social, semiótico, lingüístico o literario ha sido objeto de sesudos estudios y pormenorizados análisis. Teóricos de la comunicación y expertos en arte, sociología o psicología de masas han abordado un fenómeno tradicionalmente asociado al mundo capitalista. Sería inimaginable el capitalismo sin la publicidad, porque, a fin de cuentas, ella nos marca lo que es o no deseable. Y es que el sentido de la posesión ha anulado a los otros sentidos, como nos recuerda John Berger, quien afirma que la publicidad convierte el consumo en un sustituto de la democracia. ¿Por qué? Pues porque la elección de lo que uno come, viste, compra, o el coche que acaba de adquirir, pasan a ocupar el lugar de otra elección políticamente significativa. La publicidad, añade, neutraliza cualquier rasgo antidemocrático de la sociedad. Hay que vivir dejando de lado los conflictos.

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