Cartas de Unamuno han llegado

25.11.2017 | 04:45
Alberto Estella

Se ha perdido el género epistolar. Mejor dicho, ha quedado reducido, trivializado, y dispuesto siempre a maltratar el lenguaje —y con frecuencia honores y famas—, a los guasap, facebok, tuiter€(o como se escriban). De paso ha perecido la caligrafía, sustituida la pluma por las yemas de los dedos sobre el teclado o la pantalla, aunque a los grafólogos suele bastarles la firma para descubrir el carácter del autor (para conocer a Trump no hace falta ser grafólogo, basta ver como firma y rubrica). Algo han ayudado a su desaparición lo mal que funciona el servicio de Correos, y lo cara que resulta la mensajería.
Hay la posibilidad del correo electrónico, pero los que usualmente lo manejan hoy no redactan propiamente cartas. Hacen textos breves, sin la liturgia de una misiva escrita a mano, y envían adjuntos documentos, fotos o videos. No sé si quedará alguna novia que le envíe una carta a su pareja, cuando no hay cobertura, con la huella de un beso sobre el papel, con lápiz de labios, como algunas hacían antaño. Era cuando el "escribidme una carta señor cura", clérigo que en el ingenuo poema de Campoamor respondía "ya se para quien es", supliendo el analfabetismo de la remitente. Luego el fajo de cartas, atadas con una cinta de seda, guardadas en una lata de membrillo, que amarilleaban. La destinataria, ya envejecida, se decidía a desempolvarlas, releer y soñar con lo cariñoso que había sido de novio y lo arisco que había resultado como marido.

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