El encaje de España en Cataluña

16.11.2017 | 04:45
Julián Ballestero

El diputado salmantino José Antonio Bermúdez de Castro nos dio ayer una pequeña alegría, quizás pasajera, cuando afirmó que el PP no acude a la comisión para revisar el modelo territorial de España con la "idea preconcebida" de reformar la Constitución para "contentar" a una minoría.
Ese es el camino, señor diputado, el de trabajar para contentar a las mayorías y no ceder al chantaje de las minorías. Justo el camino contrario al que han ido recorriendo los diversos gobiernos que en la España democrática han sido, desde Suárez a Rodríguez Zapatero, pasando por González y Aznar.
Ahora que, tras la acción conjunta de la Justicia y el artículo 155, los dirigentes secesionistas están divididos entre los que huyen con el rabo entre las piernas, los que se bajan la ropa interior hasta los tobillos y los que se pelean por un puesto en las listas que les asegure el cocido para cuatro años, podemos empezar a pensar en el día después.
Muy pronto habrá llegado el momento de negociar el encaje de Cataluña en España. Sofocada la rebelión de los golpistas, se habla ya de las fórmulas más adecuadas para conseguir que los separatistas catalanes se sientan cómodos. Al parecer, los nacionalistas llevan casi cuarenta años soportando una mala postura y se sienten incómodos en España. Como diría Chiquito, esto va a ser que nacieron después de los dolores.
Esto del encaje tiene un punto de gracia. Tiene mucha guasa el asunto. Y tiene otro punto de razón. Porque realmente hay motivos para plantear la necesidad de un encaje, pero no el que reclaman desde hace tantos años Pujol, Mas, Puigdemont, Junqueras, Forcadell y toda su tropa, sino otro muy distinto: el encaje de España en Cataluña. Ahora somos muchos, somos una inmensa mayoría, los españoles que nos sentimos incómodos con el tratamiento que recibe en Cataluña todo lo que representa nuestra nación. Son ellos los que no entienden nuestras aspiraciones y anhelos, que no son otros que los de vivir en un país democrático, donde todos seamos tratados por igual, donde nadie esté por encima de nadie y donde ninguna autoridad del Estado se permita el lujo de pasar por encima de las leyes y de la Constitución que todos aprobamos en 1978.

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