Las bragas mojadas

11.11.2017 | 04:45
Alberto Estella

Viene de muy antiguo el refrán "no se toman truchas a bragas enjutas". Está en desuso a pesar de su enorme expresividad. Se lo dice Celestina a Pármeno, "sabe que es menester que ames si quieres ser amado, que no se toman truchas€", etc., y Sancho, cuando regresa a su aldea le dice a don Quijote: "entraré en mi casa rico y contento, aunque bien azotado, porque no se toman truchas€" y no digo más. Debía ser tan conocida la segunda parte –—"a bragas enjutas", secas—, que Fernando de Rojas y Cervantes escribieron simplemente puntos suspensivos. Hoy decimos que quien quiera peces que se moje el culo. Pues de igual manera que el pescador, si quiere truchas, tiene que entrar en el río, aunque se moje la ropa, para criticar o dar una opinión —y la sección que me alberga en este diario así se titula—, hay que comprometerse, posicionarse, en resumen mojarse. Lo siguen pidiendo en mi pueblo. "¡Mójese don Estella, coño!", por más que uno lleve los calzones, con frecuencia, metafóricamente empapaditos.
Echo en falta en la España de hoy, severamente amenazada por nacionalismos y populismos, algunas opiniones valientes de personalidades, filósofos, intelectuales. Se mojan algunos historiadores, como García de Cortázar o Santos Juliá, incluso más allá de su oficio. En su última colaboración en El País, Santos sostenía que la Forcadell es de una "insufrible desfachatez", porque tras vulnerar todas las normas del Parlament que preside, "se encarama a una tribuna, se agarra al micrófono y arenga al público allí congregado para ilustrarles acerca de la dictadura bajo la que gime su nación, la dictadura, como no, franquista". Su cinismo ante el Juez —para librarse del trullo— fue descomunal, viborezno, histórico. No mantuvo su chulería ("ni un paso atrás" había dicho). Se mojó las bragas, mas no por su congruencia, su defensa de la república fallida, sino debido a las pérdidas de orina inducidas por su pánico a los barrotes. A su entrada en el pretorio arrió la estelada, aquella arrogancia que ostentaba desde su sillón presidencial, por la cobardía mas miserable y traicionera para sus correligionarios. Ha sido poco después de que Puigdemont entonara, muy lejos de aquí, como un mal tenor pueblerino, una nueva versión de "Los vareadores", de la zarzuela Luisa Fernanda, con los doscientos alcaldes esgrimiendo sus varas de mando para apañar bellotas republicanas.

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