Mes y medio para reconstruir

06.11.2017 | 04:45
Mes y medio para reconstruir

El primer cliente que logró hacerse con él se asomó después emocionado a la entrada del establecimiento de la Puerta del Sol y, sintiéndose el centro de todas las miradas y a buen seguro preso de la emoción de momento, elevó en alto su ´smartphone´ de última generación mostrándolo cual trofeo a todos los congregados. Una especie de consagración de una nueva eucaristía llamada consumo en la que un ciudadano afortunado, el elegido, comparte con todos su momento de gloria exhibiendo la codiciada pieza. Aunque esta vez no se trata solo de conseguirlo, sino de exhibirlo, presumir y contárselo a todos.
Que cerca de 400 devotos decidieran pasar una noche al raso ante la puerta de la tienda de Madrid para ser los primeros en comprar el nuevo iPhone es una de las cosas con las que me sorprendieron esta semana cuando decidí por fin mirar más allá. Porque hay un más allá de la gravísima crisis desatada en Cataluña, y va siendo hora de empezar a repartir nuestra atención y nuestra preocupación por todos los asuntos que tenemos pendientes. No está desde luego entre las más importantes la salida a la venta de un mini ordenador –ya es ridículo llamarlos simplemente teléfonos móviles- aunque a mi juicio sí merece una reflexión que 400 personas hagan guardia una noche bajo los primeros fríos del otoño para astillar a la multinacional de la manzana mordida nada menos que 1.159 euros, que es el precio del aparato. Y esto es un dinero: más o menos, 48 días de trabajo de un empleado que cobrara en España el Salario Mínimo Interprofesional
La expectación mundial por el nuevo iPhone llegó también a Bruselas. He perdido un minuto en localizar en el mapa la tienda de la multinacional en la capital belga, y no se lo van a creer: el modesto hotel de tres estrellas donde hasta dos días antes se había alojado Carles Puigdemont está a solo 450 metros por la avenue Toison d´Or. Descarten que acudiera en busca de una oferta: el precio allí era exactamente el mismo que en España. No sucede así con el salario mínimo belga, que duplica largamente al español. Ajeno seguramente a todo esto estaba ese paladín de la democracia que se sacrificó para explicar al mundo desde la capital de las instituciones europeas que en Cataluña no hay libertades. Y lo hizo en cuatro idiomas, para que el mundo se entere bien. Pero ese mundo debe estar un poco sordo, porque la justicia belga ha colaborado con la española cursando la Orden Europea de Arresto contra el expresidente y sus cuatro consellers, que ayer vieron venir una incómoda detención rodeada de fotógrafos y prefirieron entregarse discretamente en la dirección general de la Policía Federal, 25 minutos a pie al norte de la tienda Apple por la Rue Royale. Se acabó la misión belga. Resultado: poco más que un poco de ruido mediático.
El desafío secesionista que nos tiene en vilo puede llevar a prisión (a la espera de la suerte que corra la misión belga, en manos de la justicia de ese país) a casi todo el Govern de Cataluña. Todos a la cárcel, como una secuela de la recordada película de Berlanga. Apenas ha pasado poco más de una semana desde la declaración/no declaración de independencia en Barcelona y la aprobación del artículo 155 en Madrid y, tras la convocatoria de elecciones y las detenciones de los máximos responsables políticos, la presunta sedición parecería sofocada. Cataluña ha vuelto a la senda constitucional por imperativo legal.

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