Cataluña frente a Europa

12.10.2017 | 04:45
Tomás Pérez Delgado

Dos han sido, históricamente, los sistemas que articularon Europa en el siglo XX. El primero, el de Versalles, pensado para castigar a Alemania y Austria-Hungría, los grandes imperios derrotados en la I Guerra Mundial, se basó en el establecimiento de una constelación de pequeños Estados presuntamente homogéneos en términos nacionales. Sin embargo, tales Estados englobaron de hecho en su seno a minorías que, al ser consideradas alógenas por la nacionalidad mayoritaria, resultaron discriminadas. Como es sabido, la inestabilidad asociada a tal sistema empedró el camino que arrastró a Europa de nuevo a la guerra en 1939. En este sentido -Mitterrand dixit-, el nacionalismo fue la guerra.
Después de 1945, el peso de la carga de cincuenta millones de muertos llevó a la generación de los padres fundadores de Europa -Schuman, Adenauer, Monnet y De Gasperi- a diseñar un orden radicalmente distinto, basado en la creciente cooperación funcional entre las naciones occidentales y orientado a crear estructuras de gobierno conjunto, con la correspondiente asunción de elementos de soberanía hasta entonces en manos de los viejos Estados. El proceso de integración consiguiente, inseparable del respeto al orden legal establecido, permitió a Europa gozar de niveles de paz y prosperidad sin precedentes. El atractivo de semejante modelo interestatal fue tal, que a él se asociaron con entusiasmo los países surgidos de la quiebra del imperio soviético.

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