El cólico

26.09.2017 | 04:45
Juan Mari Montes

Es la noche del sábado, intentando evitar con el mando a distancia las insensateces cada vez más disparatadas del monotema catalán que nos administran desde todos los canales, de improviso me arreó en plan bestia un tremendísimo cólico al riñón que me borró en un periquete la imagen de Puigdemont, Junquera y el resto de la tropa.
Para quien tenga la suerte de no haber sufrido un cólico, digamos que a juzgar por la congestión del rostro que le sobreviene al paciente, el sudor frío que le cubre y la cantidad de alaridos que se acumulan en la garganta, debe ser muy parecido a cuando un mosso de escuadra llega a traición por detrás y te atiza el más contundente porrazo. Ellas suelen compararlo con los dolores del parto, en cuyo caso uno ya habría cumplido con la media nacional, puesto que era el segundo en mi historial. El dolor de un cólico es en definitiva, tener la sensación de que uno pierde la vida por un costado. Desde entonces y hasta que no se independice una piedrita minúscula del organismo, ya comprenderán lo mucho que me pueda importar el asunto catalán.

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