Guerra de trincheras

18.09.2017 | 04:45
Guerra de trincheras

Había noches de verano, hasta hace relativamente poco tiempo, que en algunas zonas de la capital salíamos a la calle y sentíamos enseguida un desagradable olor de que era imposible huir. Si preguntábamos por el origen de ese hedor, era habitual que nos dijeran que "han estado trabajando en el vertedero y han removido la basura". La brisa del atardecer traía a la parte norte de la ciudad los malos olores del antiguo depósito de Villamayor. En esta última semana del verano, el ambiente está alcanzando niveles tan pestilentes que, aunque el hedor no exista más que en sentido figurado, uno preferiría vivir entre olores a basura en descomposición antes que oír y leer tanta majadería sobre la crisis secesionista en Cataluña. Y ya ni siquiera nos quedan las casetas de la Feria de Día para refugiarnos en el añorado olor a panceta asada.
El final de las Ferias y Fiestas y el súbito descenso de las temperaturas ha precipitado el final del verano y nos aboca a un período que temo va a ser muy oscuro. Llámenme pesimista si lo desean, pero tiene pinta de que nuestra vida, la de todos, va a orbitar en torno a ese remolino independentista que fluye sin remedio hacia el desagüe arrastrando aquella convivencia pacífica de la que tanto nos enorgullecíamos. El ambiente se ha enrarecido de tal modo que resulta difícil discernir dónde está la verdad y la justicia. Vivimos en un fuego cruzado de mentiras interesadas y verdades a medias, entre las que los escasos gestos de honradez, sinceridad y sensatez se ahogan entre el ruido ensordecedor de los prejuicios.
Recuerdo con cierta añoranza un programa de televisión de mi infancia y puede que de la de muchos de ustedes. Se llamaba "La clave". La imagen del moderador, el inolvidable José Luis Balbín y su inseparable pipa, simboliza en mi memoria lo que entonces yo creía que era un debate: una contraposición de ideas en la que los intervinientes se escuchaban, corregían, matizaban e incluso alguno podría cambiar de opinión. Estoy seguro de que los niños de hoy entienden por debate algo radicalmente distinto: gentes que vociferan cuando están en el uso de la palabra y que el resto del tiempo niegan con una sonrisa condescendiente lo que dice su oponente sin prestarle apenas atención. Ya no se trata de analizar los hechos, sino de confrontar fuerzas desde las respectivas trincheras. Sucede que los debates televisivos de hoy no hacen sino replicar las actitudes de los políticos en el Parlamento, escenario de batallas de cañonazos dialécticos pensados para los titulares de prensa. O numeritos lamentables como el de la impresora de Rufíán.
De ese mismo modo se está planteando estos días la confrontación del conflicto independentista. Descartada la convocatoria de un referéndum por vía legal con el amparo de la pertinente reforma constitucional, los secesionistas están dispuestos a organizar una chapuza de votación sin rigor ni garantías y a conceder a un supuesto resultado del sí a la independencia la mayor credibilidad posible. Apelan al Derecho y a la Ley para hacerse las víctimas ante los movimientos estratégicos del Estado al tiempo que su Parlamento dinamita el ordenamiento jurídico aprobando Leyes por la fuerza al más puro estilo fascista y bolivariano.

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